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Poetas en español

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Poesía necesaria como el pan de cada día...
Ya nadie se llamará como yo, de Agustín Fernández Mallo

 Zotlandia last edited: Fri, 05 Oct 2018 08:31:51 +0200  
Hoy traemos a nuestro canal una muestra de... ¿cómo llamarlo, "postpoesía"? En todo caso, la poesía tal como la entiende un físico. Vale la pena aunque sólo sea por leer un verso dedicado al bosón de Higgs, o tempora, o mores!

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Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967)

es licenciado en Ciencias Físicas. En el año 2000 acuña el término «Poesía Postpoética» —que investiga las conexiones entre el arte y las ciencias—, cuya propuesta ha quedado reflejada en los poemarios Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus (2001, 2012), Creta Lateral Travelling (2004, Premio Café Món), Joan Fontaine Odisea (2005), Carne de píxel (2008, Premio Ciudad de Burgos de Poesía) y Antibiótico (2012). Su ensayo Postpoesía, hacía un nuevo paradigma fue finalista del Premio Anagrama de Ensayo en 2009. Su narrativa incluye las novelas Nocilla Dream (2006), Nocilla Experience (2008), Nocilla Lab (2009), recogidas en el volumen Proyecto Nocilla (2013), El hacedor (de Borges), Remake (2011) y Limbo (2014). Sus libros se han traducido al inglés, al francés, al portugués, al italiano, al croata y al serbio. Su blog es El Hombre Que Salió de la Tarta.

Fuente: www.culturafnac.es/agustín-fdez-mallo


  En un poema nada cabe de naturaleza sentimental. Quiero decir que, como cualquier máquina, debe carecer de ingredientes superfluos. Su movimiento es un fenómeno de carácter más físico que literario.

WILLIAM CARLOS WILLIAMS


La nube habitada. Ya nadie se llamará como yo, de Agustín Fernández Mallo | FronteraD

Como si hubiera perdido la fe en el sueño


Desde que en 2013 se confirmó la existencia del bosón de Higgs,
el vacío no es la nada, sino un lugar lleno de partículas.
Queda así la nada reservada para el lenguaje de la poesía,
las religiones, el ámbito de lo que algunos llaman lo difuso.
La realidad, por mediación del lenguaje, como un río
se ha creado a la vez que escindido.

Ello me plantea un problema, radical duda que se hunde
en el lodo de mi lenguaje aprendido:
buscarte en el vacío o en la nada, en cuál
estás tú ahora.

Mordemos el anzuelo de agosto, por la noche
mis cuñados y yo salimos al corral, un cigarrillo,
uno dice que el suyo es de contrabando y entra
en sus pulmones todo el Atlántico que lo trajo, el otro sueña
con tumores y fractales y pareciera que allí afuera
estuviéramos también fuera del mundo.
Las ventanas mostraban una luz que ya no nos pertenecía.
Las montañas no son románticas, sólo reales, digo.
El canto de los grillos sugiere una sola alma.
Comentamos algo
de una crisis financiera que pasará y se llevará
nuestra parte iluminada
—Ia casa emitía luz por otras muchas rendijas-,
el azul de la ceniza será la primera incandescencia
—¿no ves acaso fuegos fatuos en los ojos de los gatos? —.
El agua y la tierra de río no comparten
naturaleza pero envejecen al mismo tiempo.
Alguien nos llama para la cena.
Tres colillas aplastadas a punto
de formar una letra.

Esta noche el objetivo es aumentar de volumen, imitar
al agua que no corre,
alcanzar el estado del hielo.

A la luz blanca le brotan colores para anunciamos
que se va al recreo, al lavabo, de vacaciones,
pero va de compras

—la luz compra el mundo, siempre ha querido comprar el mundo,
ocuparlo todo es su misión, nunca ha descansado y nunca descansará, incluso los agujeros
negros se hallan saturados de luz, auténticas multinacionales de la luz—,

pero aquí, ahora mismo, es noche cerrada
y la de las estrellas no satisface lo anteriormente dicho
—mucho menos la de la luna: llega con la suciedad
de lo adquirido en segunda mano—.
El páramo se curva más que el ojo, así que
es inmenso, el viento husmea en el frío un boquete de salida.
Algo brilla entre unos matorrales, me agacho,
una tarjeta de crédito.

La había perdido años atrás, las espinas de los cardos
perforan la banda magnética, roedores han limado
la media luna de sus dientes en la fecha de caducidad, un manto
de liquen cubre los dígitos de control y mis apellidos,
no mi nombre,
me dejan huérfano.
En seguida recuerdo:
mi primera cuenta corriente, Caixa Galicia,
un amigo había dicho
«así me ayudas a que me prorroguen el contrato,
después la olvidas y ya está».
La meto en el bolsillo —un acto reflejo—.
Al instante la dejo donde estaba.

NOTA: Entonces sentí algo muy raro, como si todos los signos sé quedaran sin referente, como si decir liquen, matorrales, roedores, tarjeta de crédito o contrato fuera nombrar objetos sin vida nuestra, sólo vida de ellos, muy adentro de ellos, opaca a mis manos como es opaco el Universo más allá del horizonte de sucesos, los alimentos más-allá de la fecha que los caduca de veras, o el sistema nervioso de esta lagartija que ante mis ojos se tumba sobre la banda magnética y espera la salida de un sol que no cubre el mundo sino que lo atraviesa. Me siento en un tronco, espero con ella. Imagine que años más tarde alguien dice acerca de mí: «tras adentrarse en las montañas del Norte para nunca más ser visto...». FIN DE LA NOTA
  
Un gran hallazgo esto de la postpoesía
  
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Un soneto de Miguel de Unamuno

 Zotlandia last edited: Wed, 19 Sep 2018 08:38:40 +0200  
Miguel de Unamuno era un poeta irregular y rudo que, a menudo dejaba despeñarse sus versos por los barrancos del prosaísmo o del juego conceptista. Pero también a menudo brillaban como diamantes entre la ganga mineral del exceso de su grafomanía. Me parece que es el caso de este soneto de su Rosario de sonetos líricos que hoy me apetece compartir con los amigos del canal.



                    VII

                 AL AZAR DE LOS CAMINOS


          Nudo preso al azar de los caminos
        bajo el agüero de una roja estrella,
        él desde el cierzo, desde el ábrego ella,
        rodando á rumbo suelto peregrinos.

          Al mismo arado uncieron sus destinos
        y sin dejar sobre la tierra huella
        se apagaron igual que una centella
        de hoguera. Y se decían los vecinos:

          De dónde acá ese par de mariposas?
        y hacia dónde se fué? cuál su ventura?
        su vida para qué? como las rosas

          se ajaron sin dar fruto; qué locura
        quemarse así las alas! ¡Necias cosas
        de amor, siempre menguado pues no dura!

                                        B. IX 10.
La poesía de Fermín Herrero

 Zotlandia 
Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, Soria - 1963)
es natural de Ausejo de la Sierra, Soria. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza. Premio de las Letras de Castilla y León 2014 y de la Crítica de la Comunidad por su libro La gratitud, galardonado previamente con el ‘Gil de Biedma’. El núcleo de su obra se ha publicado en la editorial madrileña Hiperión: El tiempo de los usureros, Un lugar habitable, Tierras altas, Echarse al monte, Tempero y Sin ir más lejos, que obtuvo el premio ‘Jaén’ y con posterioridad el Nacional de la Crítica. Una amplia selección de sus poemas, que han aparecido en varias de las antologías más representativas de la lírica española actual, se encuentra en Lastre. Ha colaborado en revistas literarias y de pensamiento como “Archipiélago”, “El Ciervo” o “Turia” y actualmente lo hace en “La sombra del ciprés”, el suplemento de cultura de “El Norte de Castilla”.


Compartido con La nube habitada, de FronteraD

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La poesía
es la conciencia.
Muchas veces la profané,
lo haré de nuevo. Es más,
ya la estoy traicionando.

La poesía no tiene
complacencia, trabaja
a favor del olvido
de uno mismo.
En ausencia de Dios,
lo espera; si se esconde,
lo busca, porque sabe
de su insignificancia. Lo diré
por derecho: la poesía
ha de mostrarse. La bondad
se ve, no necesita
verborrea. Y a cada uno
según sus obras.

La poesía es la conciencia,
ese invento judío, según Hitler.
Es una enfermedad de índole religiosa
que afecta a los más débiles
de la especie.
Que todo es regalado, acuérdate,
que en mucho has de tener, más allá
de ti, cualquier amor, cualquier indicio
de amistad, de misterio compartido.
Vivimos de milagro y eso es suficiente.
Es cierta la belleza aunque lacere,
sobrecoja, remanse y niegue el tiempo.
Que es de admirar por junto, de parte
a parte, lo pasado y lo por venir,
de plenitud en plenitud. Si bien
una sola constancia bastaría. Una sola.
Que de tanto contento no se te acaben
estos días si deja de alumbrar el sol,
que dejará. Actúa como si no lo supieses
y, ante lo inevitable, como fuere razón.
Hemos subido andando hasta el castro
por la pared del monte, parándonos a ratos
para coger aliento. Con el resol, arriba,
entre las piedras, los acebos, la tarde detenida
y con nosotros, nada, las voces de los muertos,
las aves que, hacia el cielo, se perdían.
En la hondonada, manchas de robles
agostados, la soledad desde que el mundo
es mundo. Descendimos a paso vivo,
al fondo el pueblo, el campanario, la vida
con sus cosas, los días que se fueron,
nada: tu voz, la mía. La tarde detenida,
transparente. Al salir de la dehesa te miré,
sonreíste. Nos hemos dado, luego, la mano.


En la pared de adobe del palomar
un rayo de sol último se rebalsa,
se enardece entre dos luces. Con barro
y paja se asentaban las tejas
después de levantar las casas. Se usaba
lo que había, ateniéndose a la tierra.
Las fincas de labor se oscurecen,
son fuertes, gastan mucho arado.
La rojiza aspereza del adobe
guarda la claridad hasta la entraña,
tiene muy buena encarnadura
para cicatrizar la sombra, las heridas.
Es propio de los jóvenes ser
oscuros, con los años en cualquier
levedad se cimienta un equilibrio.
Se vuelve el viento taciturno en los cipreses
y la corteza de los abedules es un albor
tan glacial que de pronto me lleva
a Shalámov, mascando bayas en Kolymá
o cochinillo congelado o carne
de perro. Las miserias del siglo.
Lo atroz. En cuanto llego al manantial
aspiro unas matas de hierbabuena,
me las estriego por las manos. La sangre
no se quita con nada. Ni el horror.
Me acuerdo de pequeño, castigado
en la corte por no querer ir a la escuela.
Cuando se lleva un rato en la pocilga
no huele mal. Ya no huele. Con un palo
remuevo el lodo de la fuente. Así es,
todo tiende a enfangarse o se disipa
como si fuese humo. A menudo, hasta el crimen
se glorifica. No huele. Calla el viento en los cipreses
al cielo del atardecer. Todo acaba sumido
en el tiempo. No huele. Qué inútil decir,
qué difícil. Alrededor del manantial
el musgo, berros en el reguero.
Se han espigado, observo su flor menudísima,
el fresno que se inclina sobre el agua.


Siempre un frío que pela. En cuanto las sacas
del bolsillo, las manos se te enganchan.
Venimos cada año al cementerio.
La puerta está cerrada con unas cuerdas
de paca. Desatamos los nudos.
Mi madre lleva un azadillo y un caldero
con un poquitín de agua para los ramos
de crisantemos y de rosa tardías,
de haberlas. Reza un padrenuestro y se pone
a cavuchar las tumbas, aporca algo de tierra
hasta formar una lomilla, destripa
los pequeños terrones. El frío
es bueno porque es blanco. No conocí
a ninguno de mis abuelos. Hay hierbas
secas, recién cortadas, excepto en las esquinas,
llenas de pasto y cardos. Han sujetado
con alambres las flores de plástico, a las cruces,
a algunas cruces. Faltan letras de los nombres,
las que tienen. Mi madre deposita
muy despacio, con mimo, los ramos
encima de los lomos, como si acostase
a los abuelos con amor.
A veces caen chispas de aguanieve.
Miramos a poniente, a lo alto. Nos vamos.
Mi madre se persigna. El frío es nuestro.

#poesía #literatura #Fermín_Herrero
"Balada para los poetas andaluces de hoy", de Rafael Alberti

 Zotlandia 
Yo también me lo pregunto hoy, tantos años después... Al final de la entrada, tras el poema, enlazo la versión musical de Agua Viva


Balada para los poetas andaluces de hoy


¿Qué cantan los poetas andaluces de ahora?
¿Qué miran los poetas andaluces de ahora?
¿Qué sienten los poetas andaluces de ahora?

Cantan con voz de hombre, ¿pero dónde están los hombres?
con ojos de hombre miran, ¿pero dónde los hombres?
con pecho de hombre sienten, ¿pero dónde los hombres?

Cantan, y cuando cantan parece que están solos.
Miran, y cuando miran parece que están solos.
Sienten, y cuando sienten parecen que están solos.

¿Es que ya Andalucía se ha quedado sin nadie?
¿Es que acaso en los montes andaluces no hay nadie?
¿Que en los mares y campos andaluces no hay nadie?

¿No habrá ya quien responda a la voz del poeta?
¿Quién mire al corazón sin muros del poeta?
¿Tantas cosas han muerto que no hay más que el poeta?

Cantad alto. Oireis que oyen otros oídos.
Mirad alto. Veréis que miran otros ojos.
Latid alto. Sabréis que palpita otra sangre.

No es más hondo el poeta en su oscuro subsuelo.
encerrado. Su canto asciende a más profundo
cuando, abierto en el aire, ya es de todos los hombres.


AGUAVIVA Poetas Andaluces.
by vivaguaviva on YouTube
Dos poemas de Salvador Espriu (en catalán y español)

 Zotlandia last edited: Fri, 31 Aug 2018 14:08:38 +0200  
Hoy queremos invitar a los amigos del canal a leer y disfrutar, en catalán y en castellano, dos poemas de Salvador Espriu, de cuya obra dice el Wikipedista:
Josep Maria Castellet destaca la capacidad de la obra de Espriu para asimilar culturalmente la herencia mítica de la humanidad: el Libro de los muertos del antiguo Egipto, la Biblia y la mitología griega. Y clasifica las formas en que se organiza la variedad literaria de la obra de Espriu en: la lírica, la elegíaca, la satírica y la didáctica.

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ASSAIG DE CÀNTIC EN EL TEMPLE

Oh, que cansat estic de la meva
covarda, vella, tan salvatge terra,
i com m’agradaria d'allunyar-me’n,
nord enllà,
on diuen que la gent és neta
i noble, culta, rica, lliure,
desvetllada i feliç!
Aleshores, a la congregació, els germans dirien
desaprovant: "Com l’ocell que deixa el niu,
així l’home que se’n va del seu indret",
mentre jo, ja ben lluny, em riuria
de la llei i de l’antiga saviesa
d’aquest meu àrid poble.
Però no he de seguir mai el meu somni
I em quedaré aquí fins a la mort.
Car sóc també molt covard i salvatge
i estimo, a més, amb un
desesperat dolor
aquesta meva pobra,
bruta, trista, dissortada pàtria.


ENSAYO DE CÁNTICO EN EL TEMPLO

¡Oh, Qué cansado estoy
de mi cobarde, vieja, tan salvaje tierra,
y cómo me gustaría alejarme,
hacia el norte,
en donde dicen que la gente es limpia,
y noble, culta, rica, libre,
despierta y feliz!
Entonces, en la congregación, los hermanos dirían,
desaprobando: "Como el pájaro que deja el nido,
así el hombre que abandona su lugar",
mientras yo, bien lejos, me reiría
de la ley y de la antigua sabiduría
de mi árido pueblo.
Pero no he de realizar nunca mi sueño
y aquí me quedaré hasta la muerte.
Pues soy también muy cobarde y salvaje
y amo, además,
con desesperado dolor,
a ésta mi pobre,
sucia, triste, desdichada patria.

Versión de José Corredor


I beg your pardon

Quan el centre del món
no ets ben bé tu
(per més que en tinguis la il·lusió),
si et desvetllaven enmig de la nit,
no vulguis preguntar-te per què vius:
distreu-te rosegant l'ungla d'un dit.

Quan el centre del món
queda tan lluny
de tu
que honestament
comences a saber que no ets ningú,
para't per un moment
i venta al primer nas un cop de puny.

Problemes cada volta més esquius
et vénen a torbar la dolça son.
Sols et faltava ja, pel que tu dius,
llucar que no ets del tot centre del món.

Parent de Badalona o d'Istanbul,
tant si ets actiu com si fas el gandul,
en aquest nostre món sense demà
és molt difícil de guanyar-te el pa.
No et donaré ni el més petit consol,
et volaran un dia qualsevol.
Però entretant evita alguns transtorns,
posant-te ben cordats els pantalons.


I beg your pardon

Cuando el centro del mundo
no eres exactamente tú
(por más que tengas la ilusión),
y si te despiertan en medio de la noche,
no quieras preguntarte por qué vives:
distráete mordisqueándote la uña de un dedo.

Cuando el centro del mundo
queda tan lejos
de ti
que honestamente
comienzas a saber que no eres nadie,
detente un momento
y pégale un puñetazo a la primera nariz.

Problemas cada vez más esquivos
vienen a perturbar tu dulce sueño.
Ahora sólo te falta ya, por lo que dices,
enterarte que no eres del todo el centro del mundo.

Pariente de Badalona o de Estambul,
tanto si eres activo como si eres gandul,
en este nuestro mundo sin mañana
ya sabes que es muy difícil ganarte el pan.
No te daré ni el más mínimo consuelo,
te volarán un día cualquiera.
Pero entretanto evita algunos trastornos,
poniéndote bien abrochados los pantalones
Intramuros: monjas enamoradas

 Zotlandia last edited: Thu, 23 Aug 2018 07:27:52 +0200  
[Editado el 22 de agosto de 2018]

No quiero ser monja, no, / que niña namoradica so


Me mueve a escribir esta entrada la lectura reciente de un excelente artículo de Miguel Ángel Ortega Lucas, La monja portuguesa o el fatal hechizo voluntario, en el que glosa las cartas de amor y desamor de Sor Mariana Alcoforado,  conocida como "la monja portuguesa", a Noël Bouton de Chamilly, Ortega Lucas imagina así su enamoramiento del apuesto soldado y aristócrata francés:
A mediados del siglo XVII, en el Monasterio de la Concepción del territorio portugués de Beja, muy cerca de Extremadura y Andalucía, una monja llamada Mariana Alcoforado contempla a las tropas francesas, aliadas de Portugal en su guerra contra la corona española, ejercitar sus ensayos de guerra en la llanura. Las banderas flameantes, los uniformes, los caballos caracoleando con ímpetu de aquí allá. Podríamos añadir que bruñe en los aceros la luz del amanecer o del crepúsculo, y que se trata de algún día de verano de 1666. Entre el rumor de las voces graves, el fragor de las armas, la brisa del sur y el escándalo de las golondrinas, Sor Mariana, que presencia la escena junto a otras jóvenes enclaustradas del monasterio, vislumbra a lo lejos una silueta a caballo destacándose (sus propios ojos, queremos decir, hacen que una silueta a caballo se destaque de entre el resto):
Estaba en ese balcón el día fatal en que comencé a sentir las primeras manifestaciones de esta pasión desgraciada. Parecía que deseabas agradarme, aun sin conocerme. Me convencí de que me habías distinguido de entre todas mis compañeras...
.


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Pero no es este, ni mucho menos, el único caso de monja enamorada y abandonada que nos ha legado la literatura o la leyenda. Si bien es verdad que tenemos infinitamente más mujeres mal casadas o mal maridadas que mal monjadas, por decirlo con el neologismo de Rosa Navarro Durán. A esta misma filóloga debo la mayor parte de los fragmentos que vienen a continuación. Este, por ejemplo, de la lírica tradicional antigua, donde las mujeres eran protagonistas del "yo poético" como en las deliciosas jarchas:

    ¿Agora que sé d'amor         
    me metéis monja?         
    ¡Ay Dios, qué grave cosa!         

    ¿Agora que sé d'amor         
    de cavallero,         
    agora me metéis monja         
    en el monesterio?         
    ¡Ay Dios, qué grave cosa!



Este destino forzado al enclaustramiento que han sufrido tantas mujeres (los otros destinos, como se sabe, eran el matrimonio o la prostitución) a lo largo de los siglos no ha sido muy explorado, ni, desde luego, es muy conocido a pesar de que forma parte de muchas leyendas e historias transmitidas oralmente. Permítaseme que cite  un testimonios oral que, como receptor, guardo en mi memoria. Es un recuerdo vago e incompleto, no sé siquiera si inventado, rodeado del halo de lo misterioso y prohibido. Es una escena de fuga, que me contó una vez mi madre, en la que un caballero (porque iba a caballo, no por su condición social), enamorado perdidamente de una monja, y harto de vivir su amor en la clandestinidad, acordó fugarse con ella una noche cerrada, con la complicidad de alguien dentro del convento que sería el encargado de abrir las puertas. Mi madre se recreaba en el momento culminante en que la monja enamorada subía a lomos del caballo y en la huida al galope en la noche oscura, alejándose, como en un sueño, de los muros del monasterio....

Los románticos, como Zorrilla, sintieron debilidad por estas historias de amor y encierro.. Transcribo los fragmentos y comentarios del retrato de Inés de Alvarado,  de este mismo autor, tal como los presenta Rosa Navarro Durán (La monja enamorada):

Lo inicia con el recuerdo de su encierro forzado:

    Cerraron en un convento         
    a doña Inés de Alvarado,         
    y obraron con poco tiento,         
    porque jamás fue su intento         
    tomar tan bendito estado.

(vv. 913-917)                   

De origen noble, bella, llena de fantasías, despierta a la vida entre las rejas de un convento. Nos la imaginamos de la mano del verso de Zorrilla, encontrándose con los espejos, ensayando pasos de danza en cuanto pisa una alfombra, iniciando en el laúd "«un himno de amor»", llenos de lágrimas los ojos al ver las puertas cerradas del convento, contemplando por la ventana la inmensidad del campo, queriendo cambiar "«su sayal de lana»" por la "«basquina»" de una aldeana. Borda -los bordados son el puente de cristal entre Inés y la monja gitana- y se siente tentada a trazar con la aguja, en vez del nombre de Cristo, "«el de un hombre»". Como dice el narrador:

    Y así se la van los días         
    en suspirar y gemir,         
    por las bóvedas sombrías         
    de las largas galerías         
    que la habrán de ver morir.         

(vv. 983-987)                   

Y sentencia, poniéndose al lado de la pobre bella monja encerrada.

    ¡Oh!, que al abrir un convento         
    a doña Inés de Alvarado         
    obraron con poco tiento,         
    que bien se ve que su intento         
    no la llamaba a su estado.         

(vv. 993-997)                   

Pero de pronto, la bella monja sufre una transformación. Sus ojos aparecen "«serenos y radiantes»", participa con gusto en los ritos obligados, borda afanada "«labores exquisitas»". Las otras monjas ven asombradas cómo "«la oveja descarriada»" vuelve al redil y siguen rezando para que persevere en esa actitud nueva. El narrador destaca su error de lectura y canta la fuerza del amor humano:

    ¡Impertinencia importuna!         
    ¡Oh necias, sin duda alguna,         
    las pobres siervas de Dios,         
    si no alcanzasteis ninguna         
    lo que va de Inés a vos!         

    [...]         

    ¡Necias! La blanca ovejuela         
    que se vuelve a su pastor,         
    y cuya vuelta os consuela,         
    es tórtola que se vuela         
    al reclamo de su amor.         

(vv. 1044-1068)                   

Sus ojos no miran el altar, sino que buscan otros ojos: "«... lenguas en ojos residen, / y los espacios se miden / con las lenguas de los ojos»", vv. 1076-1078. Y nos descubre la razón de la metamorfosis de la bella monja: "«Un hombre la contemplaba, / y un hombre la devoraba / con sus ardientes pupilas, / y doña Inés se abrasaba»", vv. 1079-1082. Es el capitán Montoya que la ronda, y las monjas no ven nada: no ven cómo ella le tiende la mano y él se la besa, no ven huir "«una sombra sospechosa»" a la luz de la luna, ni los jardineros ven al "«rondador caballero»", ni ellas imaginan que sus maravillosas flores bordadas esconden billetes amorosos. Y el narrador cierra la unidad narrativa exclamando de nuevo, a modo de estribillo con final diferente:

    ¡Oh, que al abrir un convento         
    a doña Inés de Alvarado         
    obraron con poco tiento,         
    pues no han mirado su intento         
    ni en el capitán pensado!         

(vv. 1114-1118)                   

Comienza en seguida el relato de la «aventura inexplicable», como la llama el escritor, el episodio que tomó de Torquemada o de su derivación con final moralizante de Cristóbal Lozano, pero que enriquece con la presencia de otro personaje, don Luis de Alvarado, el hermano de doña Inés y amigo del capitán; así queda en evidencia el engaño de la pobre monja por el seductor sin escrúpulos porque fue galán de monjas sólo por una apuesta. Él mismo lo confesará en el desenlace de su historia al rogarle al padre de su prometida que le dé una parte de su hacienda a "«don Luis de Alvarado, / que gana la apuesta infame / que hice de robar a Dios / la mejor prenda al casarme»", vv. 1587-1590, y añade que no le diga "«que era Inés, su propia hermana, / la prenda que iba a jugarse»", vv. 1597-1598. La apuesta entre los dos amigos tiene esa desmesura que espanta: quiere robar al propio Dios la "«prenda»", una de sus servidoras, de sus "«esposas»".

El capitán Montoya, aterrorizado por la visión y arrepentido, se hace fraile capuchino; como reza el epitafio de su tumba: "«Aquí yace fray Diego de Simancas / que fue en el siglo el capitán Montoya»", w.1766-1767. Una "«nota de conclusión»", en tono ligero -como si el narrador se encogiera de hombros-, precisa la suerte de la bella monja:

    Y por si alguno pregunta,         
    curioso, por doña Inés         
    y opina que queda el cuento         
    incompleto, le diré         
    que doña Inés murió monja         
    cuando la tocó su vez,         
    sin su amor, si pudo ahogarle,         
    y si no pudo, con él.         
    Porque destino de todos         
    vivir de esperanzas es;         
    quien las logra muere en ellas,         
    quien no las logra también.         

(vv. 1768-1779)                   

Ha abandonado a su suerte a doña Inés de Alvarado.


También creada por Zorrilla, en su leyenda El desafío del diablo otra bella monja enamorada., Beatriz de Hinestrosa:

Doña Beatriz de Hinestrosa, cuyo destino impuesto no encajaba con su inclinación; así se inicia el relato de su vida y de la leyenda:

    Nació doña Beatriz         
    para monja destinada;         
    mas salió al mundo inclinada         
    y no fue elección feliz.         
    Con demasiado devoto         
    corazón, en su preñez         
    hizo su madre tal vez         
    tan desatinado voto.         

El narrador desautoriza esa entrega de la libertad ajena: "«¿Quién puede ¡necio! decir / lo que otro ha de querer?»" y recuerda que no era raro ver -"«diez o doce años atrás»"- a un niño de seis años "«ya arrastrando / un hábito dominico»" o "«hecha una santa Teresa / una chica de once meses»" La defensa que hace en los dos textos de la libertad de la mujer en la elección de su estado es manifiesta; así se oyen en sus versos ecos de las quejas que la lírica tradicional guardó.

A los ocho años la visten bellamente y la encierran en el convento. El narrador describirá el proceso que lleva de la niña ilusionada con sus galas a la jovencita que cae en una profunda melancolía por vivir en un estado de prisión no elegida; nada menos que dedica veinte octavillas a exponer su tristeza, los recuerdos de sus pocos años de libertad feliz en su infancia, de la orilla del río por donde había paseado, de los balcones de su casa "«sin reja y sin celosía»" por donde veía a la gente, la vivencia de su cautividad monótona, la profunda melancolía que la va devorando hasta hacerla caer en una enfermedad que no logran curar los médicos, "«los fieros espectros con tocas»" que quiere que se alejen, los gritos en su delirio pidiendo aire que respirar... Zorrilla se detiene morosamente en ese magnífico análisis psicológico de la bella Beatriz, monja novicia por decisión materna, por una supuesta promesa piadosa de acción de gracias. No ha aparecido todavía en su triste vida el amor; languidece por la falta de libertad, por la pérdida de ese mundo apenas entrevisto. Son sólo fantasías sus visiones:

    Y en la orilla de aquel río,         
    y en redor de aquella fuente,         
    y entre la turba de gente         
    que veía por su balcón,         
    tal vez alcanzaba errando         
    una visión hechicera         
    cuya sombra pasajera         
    turbaba su corazón.         

Se oye su voz de prisionera sin esperanza, de bella ave enjaulada, alejada por la voluntad ajena de un mundo anhelado, privada de la contemplación de la propia obra de Dios, la maravillosa naturaleza:

    «¡Ay!, exclamaba la triste,         
    contristada y dolorida:         
    ¡cuan monótona es mi vida,         
    cuan sin gloria y sin placer!         
    ¿Qué es para mí el universo,         
    si yo, cual ave entre redes,         
    estoy entre esas paredes         
    condenada a nunca ver?         
    ¿Qué valen las maravillas         
    que Dios sembró por su suelo,         
    si sólo alcanzo del cielo         
    un jirón escaso y ruin,         
    y el cántico pasajero         
    de algún pajarillo errante         
    que se detiene un instante         
    en las ramas del jardín?»         

Y el narrador subraya su prisión; el claustro aparece como mazmorra, en donde pena olvidada la bella muchacha:

    Así en el fondo del claustro         
    donde cautiva moraba,         
    allá a sus solas pensaba         
    la olvidada Beatriz.         

(p. 833)                   

El destino de la pobre novicia parece que va a enderezarse porque, ante la desconocida enfermedad que la aqueja, un médico convence a su padre de que la única forma de salvarle la vida es sacarla del convento. Recobra su libertad y conoce a un hombre que la enamora; pero Zorrilla decide entonces tomar como modelo a otra espléndida mujer prisionera de las tocas, la Leonor de Sesé de El trovador de García Gutiérrez. Don César no será un trovador, pero sí un bandido, que tampoco será tal en su origen, sino un caballero noble; y quien se opone a esos amores no es un poderoso rival como don Nuño, sino el malvado hermano de doña Beatriz, don Carlos, que quiere que su hermana quede encerrada en el convento, en el fondo para apoderarse de su herencia. Ambos caballeros se desafían poniendo como objeto esa cárcel religiosa de Beatriz. Oímos al hermano: "«Monja ha de ser (dijo Carlos) / aunque cuanto valgo exponga»"; y a César: "«Si va mi cabeza (dijo / el otro) no será monja»". Una complicada peripecia (una trampa urdida para coger al bandido) desemboca en la noticia que le da a Beatriz su hermano de la muerte de su amado. Ella decidirá entrar de nuevo en el convento, ahora por su voluntad, y profesará, como hizo su modelo, Leonor de Sesé, al enterarse de la supuesta muerte del trovador. El narrador nos la presenta conforme con la reclusión:

    Quedó monja Beatriz, lector querido,         
    y aunque triste, tranquila,         
    a su suerte con fe se ha sometido         
    y en ella no vacila.         
    Los usos del convento         
    no la molestan ya, ni el abandono         
    del claustro apesadúmbrala un momento.         
    De santa calma y de virtud modelo,         
    olvidada del mundo,         
    vive esperando en el futuro cielo.         

(p. 870)                   

Sin embargo, no olvida a su amado César. Un día la sombra de un hombre cruza la nave de la iglesia y se arrodilla ante la reja del coro. La monja observa su figura, "«mil lisonjeros sueños, / mil bellas fantasías / mil fútiles manías / la mente la asaltaban»", hasta que el embozado deja caer un billete sobre la alfombra y muestra su rostro a la bella monja: es su amado, que vive. Volvemos a oír la voz de la desesperada Beatriz en su soliloquio:

    «¿Con que vive?, decía,         
    ¿vive? ¡Necia de mí! ¡Y en este encierro,         
    mientras él por el siglo me buscaba,         
    labré mi tumba y preparé mi entierro!         
    Llámame desleal, pérfida, ingrata,         
    y de mí se despide.         
    ¡El pesar o la cólera me mata!         
    ¡Y parte! Y el misterio de su muerte         
    no explica en su papel... ¡Cielos tiranos,         
    con qué estrella nací! ¡Cuan dura suerte         
    me dan vuestros decretos inhumanos!»         

(p. 871)                   

Nuevas octavillas renovarán el estado de delirio, de fiebre, de desesperación ahora, de la pobre doña Beatriz, que siente cómo ella ha entrado voluntariamente en su cárcel. Reaparecen los espectros de las tocas, la falta de aire... Y viene la rebeldía y la transgresión que acaba en terrible castigo. Don César con una escala entra en el convento; pero no hay escena de seducción, porque es ella la que está determinada a escaparse con un caballero temeroso de franquear la barrera sagrada de los votos. Frente a su "«creo en el cielo, y temo / contra su ley rebelarme»", está la intempestiva réplica de doña Beatriz: "«Ya me lo temía,¡imbécil! / ¡Adiós para siempre, parte!»" (p. 876), que recuerda el "«imbécil»" final que García Gutiérrez pone en boca de la gitana Azucena. Llega "«la apalabrada noche / para la resuelta fuga / de Beatriz»", y mientras don César la espera en la calle, ella se arrodilla ante una escultura de Cristo que hay ante un altar. Cedo la palabra a los versos de Zorrilla:

    Mas ¡cielos! ¡Cuál fue su angustia         
    cuando al querer levantarse,         
    sintió que una mano enjuta         
    la asía por los cabellos;         
    y una voz oyó más ruda,         
    más poderosa que el eco         
    que con el trueno retumba,         
    que la dijo: «¿Dónde vas?»         
    enojada e iracunda.         
    Cayó Beatriz en tierra,         
    sin sentidos que la acudan,         
    y apagándose la lámpara,         
    todo quedó en sombra muda.         

(p. 878)                   

Mientras, en la calle, don César se enfrentará al malvado don Carlos y lo matará. Al enterarse, a la mañana siguiente, de la muerte de su amada Beatriz, se irá a las montañas de Córdoba, ya no como bandido, sino como penitente.


Y para acabar, una de las joyas del Romancero Gitano de Federico García Lorca, inspirado en la Inés de Zorrilla, "La monja gitana": Una preciosidad a la que, quizá, valdría la pena volver:

Silencio de cal y mirto.
Malvas en las hierbas finas.
La monja borda alhelíes
sobre una tela pajiza.
Vuelan en la araña gris,
siete pájaros del prisma.
La iglesia gruñe a lo lejos
como un oso panza arriba.
¡Qué bien borda! ¡Con qué gracia!
Sobre la tela pajiza,
ella quisiera bordar
flores de su fantasía.
¡Qué girasol! ¡Qué magnolia
de lentejuelas y cintas!
¡Qué azafranes y qué lunas,
en el mantel de la misa!
Cinco toronjas se endulzan
en la cercana cocina.
Las cinco llagas de Cristo
cortadas en Almería.
Por los ojos de la monja
galopan dos caballistas.
Un rumor último y sordo
le despega la camisa,
y al mirar nubes y montes
en las yertas lejanías,
¡Oh!, qué llanura empinada
con veinte soles arriba.
¡Qué ríos puestos de pie
vislumbra su fantasía!
Pero sigue con sus flores,
mientras que de pie, en la brisa,
la luz juega el ajedrez
alto de la celosía.

Post scriptum

Un antiguo amigo, que pasó un tiempo enclaustrado en un monasterio de dominicos, me contaba que era muy común el caso de monjas enamoradas de los confesores del convento. Intramuros, la sublimación del amor humano en divino ha debido recorrer siempre, también, el camino inverso... Soy de una ciudad con varios conventos. Uno de mis recuerdos más emotivos tiene que ver con uno: durante una temporada en que trabajé de cartero, me detenía casi todos los días ante el viejo torno de madera que daba acceso, y vedaba, el acceso a unas monjas enclaustradas. A veces, el proceso se demoraba porque los paquetes o certificados tenían que entrar y salir, como en las puertas giratorias, a través del torno. Siempre oía la misma voz cantarina, amable, cariñosa, joven, que hablaba conmigo sobre las novedade cotidianas, el tiempo y hasta mi salud: "Manuel, tiene la voz de estar acatarrado, ¿por qué no toma...?" Un día no reconocí su voz, pero sí oí , entre el frufrú de las ropas talares, una pequeña discusión entre mi monja y la usurpadora, que acabó desplazada. "Buenos días, Manuel, ¿cómo está del resfriado?..."
Intramuros: monjas enamoradas

 Zotlandia last edited: Wed, 22 Aug 2018 16:48:04 +0200  
No quiero ser monja, no, / que niña namoradica so


Me mueve a escribir esta entrada la lectura reciente de un excelente artículo de Miguel Ángel Ortega Lucas, La monja portuguesa o el fatal hechizo voluntario, en el que glosa las cartas de amor y desamor de Sor Mariana Alcoforado,  conocida como "la monja portuguesa, a Noël Bouton de Chamilly, Ortega Lucas imagina así su enamoramiento del apuesto soldado y aristócrata francés:
A mediados del siglo XVII, en el Monasterio de la Concepción del territorio portugués de Beja, muy cerca de Extremadura y Andalucía, una monja llamada Mariana Alcoforado contempla a las tropas francesas, aliadas de Portugal en su guerra contra la corona española, ejercitar sus ensayos de guerra en la llanura. Las banderas flameantes, los uniformes, los caballos caracoleando con ímpetu de aquí allá. Podríamos añadir que bruñe en los aceros la luz del amanecer o del crepúsculo, y que se trata de algún día de verano de 1666. Entre el rumor de las voces graves, el fragor de las armas, la brisa del sur y el escándalo de las golondrinas, Sor Mariana, que presencia la escena junto a otras jóvenes enclaustradas del monasterio, vislumbra a lo lejos una silueta a caballo destacándose (sus propios ojos, queremos decir, hacen que una silueta a caballo se destaque de entre el resto):
Estaba en ese balcón el día fatal en que comencé a sentir las primeras manifestaciones de esta pasión desgraciada. Parecía que deseabas agradarme, aun sin conocerme. Me convencí de que me habías distinguido de entre todas mis compañeras...
.


Image/photo

Pero no es este, ni mucho menos, el único caso de monja enamorada y abandonada que nos ha legado la literatura o la leyenda. Si bien es verdad que tenemos infinitamente más mujeres mal casadas o mal maridadas que mal monjadas, por decirlo con el neologismo de Rosa Navarro Durán. A esta misma filóloga debo la mayor parte de los fragmentos que vienen a continuación. Este, por ejemplo, de la lírica tradicional antigua, donde las mujeres eran protagonistas del "yo poético" como en las deliciosas jarchas:

    ¿Agora que sé d'amor         
    me metéis monja?         
    ¡Ay Dios, qué grave cosa!         

    ¿Agora que sé d'amor         
    de cavallero,         
    agora me metéis monja         
    en el monesterio?         
    ¡Ay Dios, qué grave cosa!



Este destino forzado al enclaustramiento que han sufrido tantas mujeres (los otros destinos, como se sabe, eran el matrimonio o la prostitución) a lo largo de los siglos no ha sido muy explorado, ni, desde luego, es muy conocido a pesar de que forma parte de muchas leyendas e historias transmitidas oralmente. Permítaseme que cite  un testimonios oral que, como receptor, guardo en mi memoria. Es un recuerdo vago e incompleto, no sé siquiera si inventado, rodeado del halo de lo misterioso y prohibido. Es una escena de fuga, que me contó una vez mi madre, en la que un caballero (porque iba a caballo, no por su condición social), enamorado perdidamente de una monja, y harto de vivir su amor en la clandestinidad, acordó fugarse con ella una noche cerrada, con la complicidad de alguien dentro del convento que sería el encargado de abrir las puertas. Mi madre se recreaba en el momento culminante en que la monja enamorada subía a lomos del caballo y en la huida al galope en la noche oscura, alejándose, como en un sueño, de los muros del monasterio....

Los románticos, como Zorrilla, sintieron debilidad por estas historias de amor y encierro.. Transcribo los fragmentos y comentarios del retrato de Inés de Alvarado,  de este mismo autor, tal como los presenta Rosa Navarro Durán (La monja enamorada):

Lo inicia con el recuerdo de su encierro forzado:

    Cerraron en un convento         
    a doña Inés de Alvarado,         
    y obraron con poco tiento,         
    porque jamás fue su intento         
    tomar tan bendito estado.

(vv. 913-917)                   

De origen noble, bella, llena de fantasías, despierta a la vida entre las rejas de un convento. Nos la imaginamos de la mano del verso de Zorrilla, encontrándose con los espejos, ensayando pasos de danza en cuanto pisa una alfombra, iniciando en el laúd "«un himno de amor»", llenos de lágrimas los ojos al ver las puertas cerradas del convento, contemplando por la ventana la inmensidad del campo, queriendo cambiar "«su sayal de lana»" por la "«basquina»" de una aldeana. Borda -los bordados son el puente de cristal entre Inés y la monja gitana- y se siente tentada a trazar con la aguja, en vez del nombre de Cristo, "«el de un hombre»". Como dice el narrador:

    Y así se la van los días         
    en suspirar y gemir,         
    por las bóvedas sombrías         
    de las largas galerías         
    que la habrán de ver morir.         

(vv. 983-987)                   

Y sentencia, poniéndose al lado de la pobre bella monja encerrada.

    ¡Oh!, que al abrir un convento         
    a doña Inés de Alvarado         
    obraron con poco tiento,         
    que bien se ve que su intento         
    no la llamaba a su estado.         

(vv. 993-997)                   

Pero de pronto, la bella monja sufre una transformación. Sus ojos aparecen "«serenos y radiantes»", participa con gusto en los ritos obligados, borda afanada "«labores exquisitas»". Las otras monjas ven asombradas cómo "«la oveja descarriada»" vuelve al redil y siguen rezando para que persevere en esa actitud nueva. El narrador destaca su error de lectura y canta la fuerza del amor humano:

    ¡Impertinencia importuna!         
    ¡Oh necias, sin duda alguna,         
    las pobres siervas de Dios,         
    si no alcanzasteis ninguna         
    lo que va de Inés a vos!         

    [...]         

    ¡Necias! La blanca ovejuela         
    que se vuelve a su pastor,         
    y cuya vuelta os consuela,         
    es tórtola que se vuela         
    al reclamo de su amor.         

(vv. 1044-1068)                   

Sus ojos no miran el altar, sino que buscan otros ojos: "«... lenguas en ojos residen, / y los espacios se miden / con las lenguas de los ojos»", vv. 1076-1078. Y nos descubre la razón de la metamorfosis de la bella monja: "«Un hombre la contemplaba, / y un hombre la devoraba / con sus ardientes pupilas, / y doña Inés se abrasaba»", vv. 1079-1082. Es el capitán Montoya que la ronda, y las monjas no ven nada: no ven cómo ella le tiende la mano y él se la besa, no ven huir "«una sombra sospechosa»" a la luz de la luna, ni los jardineros ven al "«rondador caballero»", ni ellas imaginan que sus maravillosas flores bordadas esconden billetes amorosos. Y el narrador cierra la unidad narrativa exclamando de nuevo, a modo de estribillo con final diferente:

    ¡Oh, que al abrir un convento         
    a doña Inés de Alvarado         
    obraron con poco tiento,         
    pues no han mirado su intento         
    ni en el capitán pensado!         

(vv. 1114-1118)                   

Comienza en seguida el relato de la «aventura inexplicable», como la llama el escritor, el episodio que tomó de Torquemada o de su derivación con final moralizante de Cristóbal Lozano, pero que enriquece con la presencia de otro personaje, don Luis de Alvarado, el hermano de doña Inés y amigo del capitán11; así queda en evidencia el engaño de la pobre monja por el seductor sin escrúpulos porque fue galán de monjas sólo por una apuesta. Él mismo lo confesará en el desenlace de su historia al rogarle al padre de su prometida que le dé una parte de su hacienda a "«don Luis de Alvarado, / que gana la apuesta infame / que hice de robar a Dios / la mejor prenda al casarme»", vv. 1587-1590, y añade que no le diga "«que era Inés, su propia hermana, / la prenda que iba a jugarse»", vv. 1597-1598. La apuesta entre los dos amigos12 tiene esa desmesura que espanta: quiere robar al propio Dios la "«prenda»", una de sus servidoras, de sus "«esposas»".

El capitán Montoya, aterrorizado por la visión y arrepentido, se hace fraile capuchino; como reza el epitafio de su tumba: "«Aquí yace fray Diego de Simancas / que fue en el siglo el capitán Montoya»", w.1766-1767. Una "«nota de conclusión»", en tono ligero -como si el narrador se encogiera de hombros-, precisa la suerte de la bella monja:

    Y por si alguno pregunta,         
    curioso, por doña Inés         
    y opina que queda el cuento         
    incompleto, le diré         
    que doña Inés murió monja         
    cuando la tocó su vez,         
    sin su amor, si pudo ahogarle,         
    y si no pudo, con él.         
    Porque destino de todos         
    vivir de esperanzas es;         
    quien las logra muere en ellas,         
    quien no las logra también.         

(vv. 1768-1779)                   

Ha abandonado a su suerte a doña Inés de Alvarado.


También creada por Zorrilla, en su leyenda El desafío del diablo otra bella monja enamorada., Beatriz de Hinestrosa:

Doña Beatriz de Hinestrosa, cuyo destino impuesto no encajaba con su inclinación; así se inicia el relato de su vida y de la leyenda:

    Nació doña Beatriz         
    para monja destinada;         
    mas salió al mundo inclinada         
    y no fue elección feliz.         
    Con demasiado devoto         
    corazón, en su preñez         
    hizo su madre tal vez         
    tan desatinado voto.         

El narrador desautoriza esa entrega de la libertad ajena: "«¿Quién puede ¡necio! decir / lo que otro ha de querer?»" y recuerda que no era raro ver -"«diez o doce años atrás»"- a un niño de seis años "«ya arrastrando / un hábito dominico»" o "«hecha una santa Teresa / una chica de once meses»"14. La defensa que hace en los dos textos de la libertad de la mujer en la elección de su estado es manifiesta; así se oyen en sus versos ecos de las quejas que la lírica tradicional guardó.

A los ocho años la visten bellamente y la encierran en el convento. El narrador describirá el proceso que lleva de la niña ilusionada con sus galas a la jovencita que cae en una profunda melancolía por vivir en un estado de prisión no elegida; nada menos que dedica veinte octavillas a exponer su tristeza, los recuerdos de sus pocos años de libertad feliz en su infancia, de la orilla del río por donde había paseado, de los balcones de su casa "«sin reja y sin celosía»" por donde veía a la gente, la vivencia de su cautividad monótona, la profunda melancolía que la va devorando hasta hacerla caer en una enfermedad que no logran curar los médicos, "«los fieros espectros con tocas»" que quiere que se alejen, los gritos en su delirio pidiendo aire que respirar... Zorrilla se detiene morosamente en ese magnífico análisis psicológico de la bella Beatriz, monja novicia por decisión materna, por una supuesta promesa piadosa de acción de gracias. No ha aparecido todavía en su triste vida el amor; languidece por la falta de libertad, por la pérdida de ese mundo apenas entrevisto. Son sólo fantasías sus visiones:

    Y en la orilla de aquel río,         
    y en redor de aquella fuente,         
    y entre la turba de gente         
    que veía por su balcón,         
    tal vez alcanzaba errando         
    una visión hechicera         
    cuya sombra pasajera         
    turbaba su corazón.         

Se oye su voz de prisionera sin esperanza, de bella ave enjaulada, alejada por la voluntad ajena de un mundo anhelado, privada de la contemplación de la propia obra de Dios, la maravillosa naturaleza:

    «¡Ay!, exclamaba la triste,         
    contristada y dolorida:         
    ¡cuan monótona es mi vida,         
    cuan sin gloria y sin placer!         
    ¿Qué es para mí el universo,         
    si yo, cual ave entre redes,         
    estoy entre esas paredes         
    condenada a nunca ver?         
    ¿Qué valen las maravillas         
    que Dios sembró por su suelo,         
    si sólo alcanzo del cielo         
    un jirón escaso y ruin,         
    y el cántico pasajero         
    de algún pajarillo errante         
    que se detiene un instante         
    en las ramas del jardín?»         

Y el narrador subraya su prisión; el claustro aparece como mazmorra, en donde pena olvidada la bella muchacha:

    Así en el fondo del claustro         
    donde cautiva moraba,         
    allá a sus solas pensaba         
    la olvidada Beatriz.         

(p. 833)                   

El destino de la pobre novicia parece que va a enderezarse porque, ante la desconocida enfermedad que la aqueja, un médico convence a su padre de que la única forma de salvarle la vida es sacarla del convento. Recobra su libertad y conoce a un hombre que la enamora; pero Zorrilla decide entonces tomar como modelo a otra espléndida mujer prisionera de las tocas, la Leonor de Sesé de El trovador de García Gutiérrez. Don César no será un trovador, pero sí un bandido, que tampoco será tal en su origen, sino un caballero noble; y quien se opone a esos amores no es un poderoso rival como don Nuño, sino el malvado hermano de doña Beatriz, don Carlos, que quiere que su hermana quede encerrada en el convento, en el fondo para apoderarse de su herencia. Ambos caballeros se desafían poniendo como objeto esa cárcel religiosa de Beatriz. Oímos al hermano: "«Monja ha de ser (dijo Carlos) / aunque cuanto valgo exponga»"; y a César: "«Si va mi cabeza (dijo / el otro) no será monja»". Una complicada peripecia (una trampa urdida para coger al bandido) desemboca en la noticia que le da a Beatriz su hermano de la muerte de su amado. Ella decidirá entrar de nuevo en el convento, ahora por su voluntad, y profesará, como hizo su modelo, Leonor de Sesé, al enterarse de la supuesta muerte del trovador. El narrador nos la presenta conforme con la reclusión:

    Quedó monja Beatriz, lector querido,         
    y aunque triste, tranquila,         
    a su suerte con fe se ha sometido         
    y en ella no vacila.         
    Los usos del convento         
    no la molestan ya, ni el abandono         
    del claustro apesadúmbrala un momento.         
    De santa calma y de virtud modelo,         
    olvidada del mundo,         
    vive esperando en el futuro cielo.         

(p. 870)                   

Sin embargo, no olvida a su amado César. Un día la sombra de un hombre cruza la nave de la iglesia y se arrodilla ante la reja del coro. La monja observa su figura, "«mil lisonjeros sueños, / mil bellas fantasías / mil fútiles manías / la mente la asaltaban»", hasta que el embozado deja caer un billete sobre la alfombra y muestra su rostro a la bella monja: es su amado, que vive. Volvemos a oír la voz de la desesperada Beatriz en su soliloquio:

    «¿Con que vive?, decía,         
    ¿vive? ¡Necia de mí! ¡Y en este encierro,         
    mientras él por el siglo me buscaba,         
    labré mi tumba y preparé mi entierro!         
    Llámame desleal, pérfida, ingrata,         
    y de mí se despide.         
    ¡El pesar o la cólera me mata!         
    ¡Y parte! Y el misterio de su muerte         
    no explica en su papel... ¡Cielos tiranos,         
    con qué estrella nací! ¡Cuan dura suerte         
    me dan vuestros decretos inhumanos!»         

(p. 871)                   

Nuevas octavillas renovarán el estado de delirio, de fiebre, de desesperación ahora, de la pobre doña Beatriz, que siente cómo ella ha entrado voluntariamente en su cárcel. Reaparecen los espectros de las tocas, la falta de aire... Y viene la rebeldía y la transgresión que acaba en terrible castigo. Don César con una escala entra en el convento; pero no hay escena de seducción, porque es ella la que está determinada a escaparse con un caballero temeroso de franquear la barrera sagrada de los votos. Frente a su "«creo en el cielo, y temo / contra su ley rebelarme»", está la intempestiva réplica de doña Beatriz: "«Ya me lo temía,¡imbécil! / ¡Adiós para siempre, parte!»" (p. 876), que recuerda el "«imbécil»" final que García Gutiérrez pone en boca de la gitana Azucena. Llega "«la apalabrada noche / para la resuelta fuga / de Beatriz»", y mientras don César la espera en la calle, ella se arrodilla ante una escultura de Cristo que hay ante un altar. Cedo la palabra a los versos de Zorrilla:

    Mas ¡cielos! ¡Cuál fue su angustia         
    cuando al querer levantarse,         
    sintió que una mano enjuta         
    la asía por los cabellos;         
    y una voz oyó más ruda,         
    más poderosa que el eco         
    que con el trueno retumba,         
    que la dijo: «¿Dónde vas?»         
    enojada e iracunda.         
    Cayó Beatriz en tierra,         
    sin sentidos que la acudan,         
    y apagándose la lámpara,         
    todo quedó en sombra muda.         

(p. 878)                   

Mientras, en la calle, don César se enfrentará al malvado don Carlos y lo matará. Al enterarse, a la mañana siguiente, de la muerte de su amada Beatriz, se irá a las montañas de Córdoba, ya no como bandido, sino como penitente.


Y para acabar, una de las joyas del Romancero Gitano de Federico García Lorca, inspirado en la Inés de Zorrilla, "La monja gitana": Una preciosidad a la que, quizá, valdría la pena volver:

Silencio de cal y mirto.
Malvas en las hierbas finas.
La monja borda alhelíes
sobre una tela pajiza.
Vuelan en la araña gris,
siete pájaros del prisma.
La iglesia gruñe a lo lejos
como un oso panza arriba.
¡Qué bien borda! ¡Con qué gracia!
Sobre la tela pajiza,
ella quisiera bordar
flores de su fantasía.
¡Qué girasol! ¡Qué magnolia
de lentejuelas y cintas!
¡Qué azafranes y qué lunas,
en el mantel de la misa!
Cinco toronjas se endulzan
en la cercana cocina.
Las cinco llagas de Cristo
cortadas en Almería.
Por los ojos de la monja
galopan dos caballistas.
Un rumor último y sordo
le despega la camisa,
y al mirar nubes y montes
en las yertas lejanías,
¡Oh!, qué llanura empinada
con veinte soles arriba.
¡Qué ríos puestos de pie
vislumbra su fantasía!
Pero sigue con sus flores,
mientras que de pie, en la brisa,
la luz juega el ajedrez
alto de la celosía.

Post scriptum

Un antiguo amigo, que pasó un tiempo enclaustrado en un monasterio de dominicos, me contaba que era muy común el caso de monjas enamoradas de los confesores del convento. Intramuros, la sublimación del amor humano en divino ha debido recorrer siempre, también, el camino inverso... Soy de una ciudad con varios conventos. Uno de mis recuerdos más emotivos tiene que ver con uno: durante una temporada en que trabajé de cartero, me detenía casi todos los días ante el viejo torno de madera que daba acceso, y vedaba, el acceso a unas monjas enclaustradas. A veces, el proceso se demoraba porque los paquetes o certificados tenían que entrar y salir, como en las puertas giratorias, a través del torno. Siempre oía la misma voz cantarina, amable, cariñosa, joven, que hablaba conmigo sobre las novedade cotidianas, el tiempo y hasta mi salud: "Manuel, tiene la voz de estar acatarrado, ¿por qué no toma...?" Un día no reconocí su voz, pero sí oí , entre el frufú de las ropas talares, una pequeña discusión entre mi monja y la la usurpadora, que acabó desplazada. "Buenos días, Manuel, ¿cómo está del resfriado?..."
"¡Qué dificil es..." de Antonio Machado

 Zotlandia 
¡Qué dificil es
cuando todo baja
no bajar también!
Ven, mi amor, a la tarde de Aniene...

 Zotlandia last edited: Thu, 09 Aug 2018 09:15:19 +0200  
Este soneto de Rafael Alberti es de los más hermosos que recuerdo haber leido. Quería compartirlo contigo. Disfrútalo...

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Alta Valle dell'Aniene by Luca Bellincione

Ven, mi amor, en la tarde del Aniene
y siéntate conmigo a ver el viento.
Aunque no estés, mi solo pensamiento
es ver contigo el viento que va y viene.

Tú no te vas, porque mi amor te tiene.
Yo no me iré, pues junto a ti me siento
más vida de tu sangre, más tu aliento,
más luz del corazón que me sostiene

Tú no te irás, mi amor, aunque lo quieras.
Tú no te irás, mi amor, y si te fueras,
Aun yéndote, mi amor, jamás te irías.

Es tuya mi canción, en ella estoy.
Y en ese viento que va y viene voy.
Y en ese viento siempre, me verías.

Canciones del Alto Valle de Aniene y otros versos y prosas, 1972
  
Poetas en español ha actualizado su Imagen de portada del perfil

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Poemas de Francisco Brines

 Zotlandia last edited: Fri, 03 Aug 2018 07:32:32 +0200  
Tal como prometimos en la anterior entrada, compartimos con los amigos del canal una selección de poemas de Francisco Brines, el poeta español nacido en Oliva, Valencia, en 1932 y encuadrado habitualmente en la generación de poetas de 1950. En una entrevista decía de la metafísica en su poesía:
Cuando se plantea desde el razonamiento y la inquisición filosófica aparece la palabra “metafísica”, cuando a esas preguntas se les da una respuesta segura e inconmovible aparece la palabra religión. El poeta se hace esas mismas preguntas y, sin respuesta o con ella, las hace válidas si las acompaña de emoción estética, que se reciben en la lectura como emoción vital.
y apostillaba: "Si Santa Teresa encontraba a Dios también entre los pucheros, esa metafísica puede aparecer encarnada también en los sucesos que se suceden en el transcurrir de cada día, con llaneza." Y sin más, dejémonos llevar por los versos de este poeta del amor y de la filosofía de lo cotidiano...

Conversación con un amigo

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Se me ha quemado el pecho, como un horno
Por el dolor de tus palabras
Y también de las mías.
Hablamos del mundo, y desde el cielo
Descendía su paz a nuestros ojos.
Hay momentos del hombre en que le duele
Amar, pensar, mirar, sentirse vivo,
Y se sabe en la tierra por azar
Solo, inútilmente en ella.
Como si se tratase de algo ajeno
Hablamos de nosotros
Y nos vimos inciertos, unas sombras.

Con poca fe, con las creencias rotas
Con un madero en la marea,
Con toda la esperanza naufragando
Porque no es la que llega a nuestra barca,
Sólo la caridad nos redimía
Del mal nuestro de ser.
Mirábamos la calle, rodeados
De luz, de tiempo, de palabras, de hombres.

De Palabras a la oscuridad, 1966

Alocución pagana

¿Es que, acaso, estimáis que por creer
en la inmortalidad,
os tendrá que ser dada?
Es obra de la fe, del egoísmo
o la desolación.
Y si existe, no importa no haber creído en ella:
respuestas ignorantes son todas las humanas
si a la muerte interroga.

Seguid con vuestros ritos fastuosos, ofrendas a los dioses,
o grandes monumentos funerarios,
las cálidas plegarias, vuestra esperanza ciega.
O aceptad el vacío que vendrá,
en donde ni siquiera soplará un viento estéril.
Lo que habrá de venir será de todos,
pues no hay merecimiento en el nacer
y nada justifica nuestra muerte.

Aún no 1971

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Con los ojos serenos

En esta hora lívida de la primavera, al caer la tarde,
después de una reciente lluvia, las flores
brotan en el jardín
claras y misteriosas,
y oigo carreras en la calle, después silencio, siento la
soledad herirme,
y ahora pasos y voces. Cesan. Canta un muchacho,
y adivino en sus ojos la despedida de esta luz cansada,
de este día terrible
para tantos, mientras su voz se aleja por la noche.

Ahora que no hay felicidad, quiero encontrar un rostro
que refleje su luz, mirar caer la noche
sobre el campo dormido, oír cantar un pájaro
con dulzura inocente.
Y ahora que de ella nada queda en mí,
yo quiero contemplarla
en lo que existe y la retiene,
y con ojos serenos me asomo a la ventana para ver
un hombre con un perro, conversando unos niños, un
balcón encendido.

Hay un sordo dolor ante este frío oscuro que se agolpa
más allá de las horas de la vida,
y busco un rostro que refleje luz,
alguien que, como yo, teniendo muerte sólo,
tenga también, como tuviera yo,
venciéndola, la vida.

Los niños se dispersan, el balcón se ha apagado, se
hunde en la noche el hombre con su perro.

Aceptación

Saliste a la terraza
pensando que la brisa de la noche
podría devolverte al que eres siempre.
Mas la tibieza que en tu cuarto había
era un ámbito ,allí, bajo la calma
de alejadas estrellas.
Olvidar pretendías unas horas
todavía recientes, la penumbra
que acercaba el latido de los dos,
y tus palabras qué serenas eran
como si a nadie las dijeses. Viste
la emoción de su rostro, su contorno
quemarse de belleza;
y esas mismas palabras te llenaban
de dolor y de sombra.
De nada te sirvió, cuando quedaste
solo, cegar la luz,
hacer brotar desde un rincón la música,
fortalecer tu fe con su joven pureza.
Sobre tu frente se rompían olas
gigantes: el calor
detenido del día,
el naufragio de un hombre que entregaba
la pasión de su vida en el espectro
doliente de la música (aún
como si la esperanza le alentase),
y te ardía el espíritu
porque sentías declinar tu vida.
Para ser el que fuiste
sales a la terraza, para ver
si un frío súbito derriba pronto
la plenitud del corazón. Tocas
el aire oscuro con los labios, oyes
los gritos fatigados de la calle,
la luminosa altura te estremece.
El tiempo va pasando, no retorna
nada de lo vivido;
el dolor, la alegría, se confunden
con la débil memoria,
después en el olvido son cegados.
y al dolor agradeces
que se desborde de tu frágil pecho
la firme aceptación de la existencia.

Amor en Agriento

(Empedócles en Akragas)

Es la hora del regreso de las cosas,
cuando el campo y el mar se cubren de una sombra lenta
y los templos se desvanecen, foscos, en el espacio;
tiemblan mis pasos en esta isla misteriosa.

Yo te recuerdo, con más hermosura tú
que las divinidades que aquí fueron adoradas;
con más espíritu tú, pues que vives.
Hay una angustia en el corazón
porque te ama,
y estas viejas columnas nada explican:

Unos ardientes ojos, cierta vez, miraron esta tierra
y descubrieron orígenes diversos en las cosas,
y advirtieron que espíritus opuestos los enlazaban
para que hubiese cambio, y así explicar la vida.
Esta tarde, con los ojos profundos, he descubierto la intimidad
del mundo:
Con sólo aquel principio, el que albergaba el pecho,
extendí la mirada sobre el valle;
mas pide el universo para existir el odio y el dolor,
pues al mirar el movimiento creado de las cosas
las vi que, en un momento, se extinguían,
y en las cosas el hombre.

La ciudad, elevada, se ha encendido,
y oyen los vivos largos ladridos por el campo:
éste es el tránsito de la muerte, confundiéndose con la vida.
Estas piedras más nobles, que sólo el tiempo las tocara,
no han alcanzado aún el esplendor de tu cabello
y ellas, más lentas, sufren también el paso inexorable.
Yo sé por ti que vivo en desmesura,
y este fuerte dolor de la existencia
humilla al pensamiento.
Hoy repugna al espíritu
tanta belleza misteriosa, tanto reposo dulce, tanto engaño.

Esta ciudad será un bello lugar para esperar la nada
si el corazón alienta ya con frío,
contemplar la caída de los días,
desvanecer la carne.
Mas hoy, junto a los templos de los dioses,
miro caer en tierra el negro cielo
y siento que es mi vida quien aturde a la muerte.

Con quién haré el amor

En este vaso de ginebra bebo
los tapiados minutos de la noche,
la aridez de la música, y el ácido
deseo de la carne. Sólo existe,
donde el hielo se ausenta, cristalino
licor y miedo de la soledad.
Esta noche no habrá la mercenaria
compañía, ni gestos de aparente
calor en un tibio deseo. Lejos
está mi casa hoy, llegaré a ella
en la desierta luz de madrugada,
desnudaré mi cuerpo, y en las sombras
he de yacer con el estéril tiempo.

Vuelve la hora feliz. Y es que no hay nada
sino la luz que cae en la ciudad
antes de irse la tarde,
el silencio en la casa y, sin pasado
ni tampoco futuro, yo.
Mi carne, que ha vivido en el tiempo
y lo sabe en cenizas, no ha ardido aún
hasta la consunción de la propia ceniza,
y estoy en paz con todo lo que olvido
y agradezco olvidar.
En paz también con todo lo que amé
y que quiero olvidado.

Volvió la hora feliz.
Que arribe al menos
al puerto iluminado de la noche.

El ángel del poema

A César Simón

Dentro de la mortaja de esta casa
en esta noche yerma con tanta soledad,
mirando sin nostalgia lo que en mi vida es ido,
lo que no pudo ser,
esta ruina extensa del pasado,
también sin esperanza
en lo que ha de venir aún a flagelarme,
sólo es posible un bien: la aparición del ángel,
sus ojos vivos, no sé de qué color, pero de fuego,
la paralización ante el rostro hermosísimo.
Después oír, saliendo del silencio y en tanta soledad,
su voz sin traducción, que es sólo un fiel entendimiento sin palabras.
Y el ángel hace, cerrándose en mis párpados y cobijado en ellos, su
aparición postrera:
con su espada de fuego expulsa el mundo hostil, que gira afuera,
a oscuras.
Y no hay Dios para él, ni para mí.

La última costa 1995

#poesía #literatura #Francisco_Brines
  
Estupendo
La importancia de Francisco Brines en la poesía española contemporánea

 Zotlandia 
Enjundioso estudio de Pedro García Cueto sobre la vida y obra del poeta español Francisco Brines desde el punto de vista de la Estimativa literaria. A esta entrada sucederá otra con una selección de sus poemas.

La obra de Francisco Brines (Oliva, 1932) es una de las más importantes del panorama poético actual. Hombre arraigado a la poesía desde muy joven, gran amigo de Vicente Aleixandre, poeta perteneciente a la generación de los cincuenta, junto a figuras tan importantes como Caballero Bonald o Ángel González, entre otros, comenzó su obra con Las brasas (1960), con el que ganó el premio Adonais, posteriormente recibió el premio de la Crítica por Palabras a la oscuridad.

La importancia de Francisco Brines en la poesía española contemporánea | FronteraD

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En 1986 escribe, tras otros libros tan deslumbradores como Aún no (1971) o Insistencias en Lúzbel (1977), una de sus obras más importantes, El otoño de las rosas, que ganará el Premio Nacional de Poesía en 1986. Recientemente obtuvo el Reina Sofía y sigue siendo uno de los poetas más prestigiosos de la poesía española contemporánea, uno de los referentes fundamentales de una lírica elegíaca, donde la emoción y la importancia del paso del tiempo cobran especial relevancia.

Siempre se ha considerado deudor de poetas de la talla de Luis Cernuda, Vicente Aleixandre o Juan Gil-Albert, donde la palabra poética se ha convertido en todo un ejemplo ético y estético, donde el poema cobra especial relevancia como forma de reflexión vital, donde el hombre se encuentra con sus certidumbres y sus emociones esenciales.

Su importancia y trascendencia para la literatura española contemporánea está fuera de toda duda, siendo uno de los poetas más estudiados por investigadores extranjeros en la actualidad, además de uno de los más valorados por nuestros críticos y escritores, ya que refleja una obra madura y hermosa sobre la importancia de la infancia como etapa feliz de la vida y la relevancia del paso del tiempo en ese proceso de vivir que tanto ha preocupado al poeta valenciano.
"Camino de Changara", un poema de José Luis Gómez Toré

 Zotlandia 
La suya es una poesía encarnada, viviente y empática. En su poema “Camino de Changara”, su experiencia personal, particular, en Mozambique, se destila y se convierte en algo universal. Imaginamos a esa mujer sujetando el mundo en cualquier camino polvoriento de cualquier rincón. La imaginamos, la sentimos, gracias a la poesía.

Voces: un poema de José Luis Gómez Toré

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Camino de Changara

Bajo el árbol del mango,
en equilibrio sobre su cabeza
sostiene la mujer
una cesta de frutas.
Su cuerpo es la columna
de un fragmento de cielo.
Es el peso del cielo
la sombra de los nombres
de los antepasados.

Sostiene en equilibrio
sus dos lenguas.
Cada una recuerda
una historia distinta.
Soporta
el hambre del cuchillo,
la sangre que se mezcla con la tierra,
los tambores que guardan
el latido del sol.

La mano que saluda
aún permanece alzada.
Es una interrogación,
una certeza.

Hotel Europa, Ediciones La isla de Siltolá, 2017
La poesía se desborda en imágenes en la Biblioteca Nacional

 Zotlandia last edited: Wed, 04 Jul 2018 15:45:33 +0200  
Una exposición reúne una galería de versos y fotografía que comparten protagonismo en una muestra titulada «La cámara de hacer poemas»


La poesía se desborda en imágenes en la Biblioteca Nacional

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Una imagen vale más que mil palabras, pero ¿qué pasa cuando se juntan la poesía y la fotografía? La Biblioteca Nacional de España expone, hasta el 23 de septiembre, «La cámara de hacer poemas»: una alianza entre fotógrafos y poetas del siglo XX hasta la actualidad que «se fija tanto en la tradición española y portuguesa, como en la latinoamericana», según cuenta uno de los comisarios de la muestra Juan Bonilla.

A través de fotolibros u obras de poesía ilustrados, las barreras entre ambos mundos se difuminan. Un concepto que el poeta Alfonso López Gradolí conoce de primera mano y lo explica afirmando que «la imagen ha de ir complementada muchas veces con una palabra para que tenga sentido».
"La tarde libre", de Anxo Carracedo

 Zotlandia 
Anxo Carracedo (A Coruña, 1970) es licenciado en Filosofía. Ha trabajado Como periodista en Diario 16 y como redactor y editor en diversos medios y Agencias de comunicación. Es autor de los blogs Artefloralpararumiantes y Microdespertares. Algunos de sus escritos, en prosa y En verso, han sido publicados en las revistas digitales españolas Laduda.net y Caja de Resistencia, y en la mexicana Monolito.
"La tarde libre" pertenece a su primer libro de poemas, publicado por ediciones En Huida, prólogo de Eduardo Moga e ilustraciones de Juan Carlos Mestre.


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La nube habitada. La tarde libre, de Anxo Carracedo | FronteraD

Parte I

Fuimos peces locuaces
en estanques contiguos
recipientes de vidrio
madrugadas salvajes.

Piel de los nudillos sobre el muro
vistiéndolo
como un mosaico de certezas
joven cicatriz sin telegrama

mi deseo entonces
una mampostería de labios

mi destino extraviado
desmigajarme en tus ojos
hacerlos tierra de labor
y de ti
una excepción dodecafónica
en tantas cosas

senderos no hollados
por más que el tiempo a mis espaldas
se multiplicase como mercancía obsoleta
y tu nombre deviniera
un felino
al acecho en cada página

tu nombre en diminutivo
felino agazapado en la taiga de Fiodor Dostoievski
novelista ruso
Moscú 11 de noviembre de 1821
San Petersburgo 9 de febrero de 1881.

Músculo del otoño
la nuez en tu mano

conjuro del milímetro
insoslayable

músculo del otoño
el aire trabaja su aposento
entre piel y piel
siempre

                    lloverá tal vez
esta tarde

y quién podrá medir el desgarro
en el roce abortado

quién ajustar el par de apriete
del abrazo
la puntualidad lunática en camiseta de once varas
nuez contra nuez se quiebra

pongo con mi mano
la joven carne del fruto
en la tuya

este
damas y caballeros
es el grado del abismo
(amor, según algunas fuentes)

              lloverá sin duda
esta tarde
músculo del otoño.

Contigo también hubo un siglo de plata
una meseta abrasada de despojos
y un llanto sereno por la edad dorada

desde una eminencia del terreno
que construimos con escombros de bostezos
y arcones exhaustos de esperanza
la he visto alejarse
restaurar la línea veloz del horizonte
con la alineación irreprochable
de un tren de mercancías

buceador en el abismo de tus mensajes
en esta caligrafía sin  serifas
leo
que esta vez ni siquiera gozaré
el sabor dulce de la última palabra

              resultado del ejercicio heroico
de negarte una respuesta

                 blasfemia contra la simetría sagrada
de la correspondencia

                   trofeo antiguo cobrado en las cenizas
aun candentes de mis bronquios.

Todo en ti era desmayo
Velocidad y Fuego
exhalación de los avellanos

todo en ti era desmayo
Velocidad y Fuego
Roca metamórfica

                    ¡Óyeme!

el que entró en tu boca
no fui yo

la madre Tierra entró en tu boca

quien frunció tu pecho
no fui yo

la madre Tierra frunció tu pecho
por mi mano

             Los dos botones alzados de tu pecho

Velocidad y Fuego

ebrias ramas de avellano
ocultaron la vereda

todo en ti
roca metamórfica
entraña de la madre Tierra

no fui yo quien frunció los dos botones de tu pecho

Velocidad y Fuego
Niebla sobre el cordal
Todo en ti era desmayo.

Parte II

         Viento
que mueve la espiga
que roza tu rostro

    heme aquí.

Hay tanta lluvia en la calle
lo dice el cristal

llueve sobre lo llovido
lloviendo

limón endecha
voy a buscar la dicha
en el cristal

voy a negarte
y a mantener la palabra tres noviembres
y a mantener la palabra de orilla a orilla
y a sostenerla con el fervor infalible
de los alisios

tres noviembres
y el mundo seguirá lloviendo
y el mundo seguirá redondo y estúpido

voy a achatarme por los polos
y a llover lluvia en la calle

voy a llover lo llovido
lloviendo

limón endecha
voy a darme el capricho

tres noviembres
y el mundo seguirá girando
y diremos aquello de
yo era un estúpido  y lo que  ha llovido me ha hecho dos estúpidos
o veintisiete estúpidos lloviendo en la calle

entre el cielo y el mar
no hay horizonte
solo la lluvia
que lo ocupa todo

llueve sobre lo llovido
lloviendo

lo dice el cristal
limón endecha
hay tanta lluvia en la calle
y las cosas tan se dejan ir

las cosas
tan si ruido
tan sin queja

tan sin ti.

Cuánto dura  esta mañana
y esta noche pobre
y este cuento de vencejos
y este aire quieto alrededor
que no es éxtasis de insomnio

porque nunca hubo despedida
sino la mirada sumaria
hiriendo la penumbra densa
del tabaco y otras sustancias

pelotón de párpados morenos
¡abran fuego!

                          ¿y qué más?

la frente grasa y tibia
el despertar culpable
la ducha dan desconfiada
la piel tan dócil retornando a sus lugares

lo que fue
y tal vez
lo que aun espera

mas ya no en callejones
milimetrados de sombras
sino en plazas diáfanas
y demás lugares para el paseo

ya no en verdad que prende
a cada palabra
a cada gesto que la niega
y no se extingue

queda
cierta inercia fría de la carne
y un manojo de hábitos desteñidos

lo demás
lo que fue ardiente
es hoy inocuo.

#poesía #literatura #Anxo_Carracedo
  
I really have to learn Spanish.
Tallando la roca del silencio: poemas de Hugo Mujica

 Zotlandia 
Hoy compartimos una selección de este poeta argentino que definió su arte, de forma ejemplar, como "tallar la roca del silencio".  En sus palabras, preferibles a lo que podamos decir aquí, la poesía es ese lenguaje que "hace que lo ausente siga vigente, que hace presente lo que se acaba de perder".  Entre las muchas cosas que otros han dicho de él, citamos estas de López Vega:
Uno recuerda en algún poema, en algún fragmento, la obra de los grandes poetas de Oriente" y no por esto deja de sorprendernos por su originalidad. La poesía de  Hugo Mujica se mueve en la hondura de lo que somos y desde ahí construye el poema como la naturaleza hace un árbol diría Huidobro" (Martín López Vega, ABC, 2006).

Y sin más, invito a los amigos del canal a oír el ritmo del cincel y la maza tallando palabras de su misteriosa roca

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El desierto de cada día

En el desierto de cada día el viento borra las huellas de
todas las caravanas, barre los pasos de dios en el paso de cada
hombre, borra las huellas de todos ellos en el desierto de cada mundo.

En el desierto de cada vida hay una huella que nada borra:
la del desierto de cada vida, la huella que el viento traza.


Ausencia

Fue cuando no pude más y grité "¡yo!", cuando escuché
mi eco diciéndome "¡yo!".

Y supe que las cosas comunes nunca habían tenido bordes, que
el hueco de todas las bahías se recortaba en mí, que el borde de
todos los otros comenzaba donde faltaba yo.

   Fue cuando supe que no había nadie.

   Pero no corrí de un lado a otro para encontrarme con nadie,
me quedé solo y, aún así, alguien estaba de más. Quizás era
yo, era el eco de mí.

Fue entonces cuando me asaltó una duda: si no había nadie
¿sobre quién rebotaba mi grito para volverse eco de mí?

(Es sobre esta duda que ahora escribo, o tal vez, sea sobre
la misma esperanza que siempre escribí).


Hace apenas días

Hace apenas días murió mi padre,
hace apenas tanto.

cavó sin peso,
como los párpados al llegar
la noche o una hoja
cuando el viento no arranca, acuna.

hoy no es como otras lluvias
hoy llueve por vez primera
                          sobre el mármol de su tumba.

bajo cada lluvia
podría ser yo quien yace, ahora lo sé,
                                 ahora que he muerto en otro.


Cinco poemas desde el silencio

bosque talado

grita,
pero no sabe que grita

como el ángel de mármol
sobre la tumba de un niño


2
pedrada de pájaro
en vuelo

como quien roba a quien lo hospeda,
o como estar en la vida
como un muerto desnudo:
cubierto de tierra


3
me vestí para el banquete
y me dieron a mondar mis huesos

me desnudé para
las bodas
y me revistieron de escarchas

¿de qué avaricia soy el precio?

4
Atardecer


La soledad de los árboles le descarnaba las espaldas.
Después, imperceptiblemente, el peso solitario lo fue
encorvando, hasta hacerlo caber en la vida.

5
como el primer decirse llanto
del recién nacido,

o un ángel de humo despidiéndose
desde la última hoguera

me duelo darme a luz y me duele apagarme:
dos orillas de un tajo el morirte


Hay perros que mueren de la muerte de su amo

Hay perros
que mueren de la muerte de su amo

cuerpos que no hacen el amor,
hacen el miedo

que no se agitan,
                     tiemblan.

Y hay hombres
en los que muere dios
como una gota de lacre
sobre el pecho
          de un torso de mármol,

son los que lloran cuando creen
estar hablando,
o gritan soñando, pero al alba
olvidan el grito
con que encendieron la noche.

Hay hombres en los que gime dios
por no encontrar un hombre
                   donde morir de carne,

pero no llora como quien lo hace
solo,
llora como quien llora abrazado a un niño.

#poesía #literatura #Hugo Mujica
Eliot, de cabo a rabo

  
Visor publica por primera vez en castellano, en lujosa edición bilingüe y con un centenar de poemas inéditos, las Poesías completas del poeta y crítico anglosajón, el autor que inauguró la bifurcación de la lírica


T. S. Eliot, de cabo a rabo. Nueva edición con inéditos de la obra del autor de 'La tierra baldía' | FronteraD

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  El porvenir nos llenará de pasado

                                                                       T. S. E


La encarnada poesía de Thomas Stearns Eliot (Saint Louis, Missouri, Estados Unidos, 1888 – Londres, 1965) es como el cerdo que se consagrara para la matanza y no perdiera en ningún momento su aureola: nada en ella, con todos los fragmentos nivelados –de rabo a carrillada, ojos, entrañas– resulta desechable. Desde su irrupción, hace ahora cien años –a partir de Prufrock y otras observaciones (Prufrock and Other Observations, Londres, ed. The egoist, 1917)–, ningún poeta que se precie puede prescindir de su legado, aunque que sea con la ligera variante de enfrentarlo. Pues algo muy importante cambió, en efecto, en la lírica de Occidente para siempre con el solo arranque (ese “Let us go!” sin más preámbulos) de aquel inicial poemario:

Vayámonos entonces, tú y yo,
cuando la tarde está tendida sobre el cielo
como un anestesiado en mesa de quirófano;
vayámonos por calles muy desiertas,
murmurantes retiros
de noches sin descanso en baratos hoteles de una noche
y restaurantes con serrín y conchas de ostra:
calles que se extienden como un tedioso discurso,
como el larvado intento
de llevarte a cuestión abrumadora...

Nunca sabremos si ese “tú y yo” alude al lector y el narrador del poema; a la pareja del poeta y su poesía o, ya directamente, a la escisión interna del hombre contemporáneo, a través del sujeto del poema como médium, preconizando de ese modo el existencialismo de entreguerras. Al rebufo de la Gran Guerra, que Eliot reconvierte en estrictamente interior y neuronal, con trajes hechos de jirones, se habla ahí de un sol convaleciente, y una atmósfera con respiración asistida, como el paisaje humano más veraz. Extrañamente, en efecto, lejos de las invocaciones más o menos sublimatorias o tortuosas de románticos y simbolistas –pero, al mismo tiempo, no desdeñándolas sino reciclándolas–, el narrador del poema coge de la mano al lector para conducirlo, de un modo cómplice, texto adentro. Y, a la inversa de la tónica clásica de colorear con atributos de la naturaleza la condición humana, ahora el sol crepuscular emula a un paciente humano sobre la mesa de un quirófano. A la siguiente estrofa se rompe con un esencialismo de siglos, con proclamar: “Pero no preguntemos ‘¿qué cuestión?’ / Vayámonos a hacer nuestra visita”
  
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