De hambre y España: 80 años sin César Vallejo

  
Invito a los amigos del canal a recordar, a los 80 años de su muerte, a este misterioso poeta (¿hermético, mágico?) peruano y universal, que se adelantó a las grandes vanguardias europeas y que adivinó las circunstancias de su muerte en unos versos inolvidables...

No han faltado en todo este tiempo -tuberculosis, sífilis, intoxicación por solanina, veneno…- las más diversas teorías que se hicieran cargo de la extraña enfermedad que Vallejo padeció durante las más de tres semanas -las que pasaron entre la fecha de su ingreso y su entierro en el cementerio Montrouge- que permaneció internado en la Clínica Arago. «Veo que este hombre se muere, pero no sé de qué», fue según Georgette, el diagnóstico del Dr. Lemière.

Tuvo que ser, sin embargo, no un médico sino un escritor alemán, Hans Magnus Enzensberger, quien muchos años más tarde ofreciese el dictamen definitivo. Las enfermedades de que sufrió Vallejo eran desconocidas en la medicina, dijo. “Una se llamó España, y la otra, una enfermedad muy vieja y muy venerable: el Hambre».


De hambre y España: 80 años sin César Vallejo | FronteraD

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César Vallejo en el bosque de Foinainebleau, 1926

Dicen que llovía en París el día que murió César Vallejo. También que lucía un cielo azul radiante. Yo no lo sé. Nunca quise averiguarlo. Lo que es seguro es que no se trató de un jueves, sino de un viernes. Santo, para compensar. Cuenta Juan Espejo Asturrizaga que ya antes de inmortalizarlo en “Piedra negra sobre una piedra blanca,  Vallejo había tenido una visión premonitoria del día “del cual tengo ya el recuerdo”, allá por 1920, encontrándose en la casa de Antenor Orrego, en Trujillo, donde permanecía escondido por los disturbios ocurridos unas fechas antes en su Santiago de Chuco natal y por los que debería pasar una breve -112 días- pero decisiva temporada en la cárcel. Vallejo, según el testimonio de Espejo, aseguraba haber estado despierto mientras se veía a sí mismo tumbado en el lecho rodeado de gentes extrañas -entre las que destacaba una “mujer desconocida, cubierta con ropas oscuras”, ¿prefiguración de su esposa Georgette?- en un París sereno y espectral que le hacía las veces de mortaja.

“Hay, madre, en el mundo un sitio que se llama París. Un sitio muy grande y muy lejano y otra vez grande”. En ese París sin “principio ni fin” -según la impresión primera que le hizo llegar a su hermano Víctor Clemente nada más arribar a la capital francesa- es donde al amanecer del 15 de abril de 1938, hace ahora ochenta años, fallecía, víctima de la reactivación del paludismo que sufrió de niño, César Vallejo. O eso es lo que cuenta al menos la versión oficial. Porque no han faltado en todo este tiempo -tuberculosis, sífilis, intoxicación por solanina, veneno…- las más diversas teorías que se hicieran cargo de la extraña enfermedad que Vallejo padeció durante las más de tres semanas -las que pasaron entre la fecha de su ingreso y su entierro en el cementerio Montrouge- que permaneció internado en la Clínica Arago. «Veo que este hombre se muere, pero no sé de qué», fue según Georgette, el diagnóstico del Dr. Lemière.


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Y ahora, unos poemas de Trilce, poemario del que José María Matás, el autor del texto anterior, afirma: "Nunca un poeta en nuestro idioma había sido tan decididamente libre, ninguno –adelantándose tres años a La tierra baldía; un lustro al primer Manifiesto surrealista; una década a Poeta en Nueva York y al Altazor de Huidobro- había sabido ser tan rabiosamente contemporáneo." Se puede leer su obra poética completa en ¿Quién es César Vallejo?

Poemas de Trilce


II


Tiempo Tiempo.
Mediodía estancado entre relentes.
Bomba aburrida del cuartel achica
tiempo tiempo tiempo tiempo.

Era Era.

Gallos cancionan escarbando en vano.
Boca del claro día que conjuga
era era era era.

Mañana Mañana.

El reposo caliente aún de ser.
Piensa el presente guárdame para
mañana mañana mañana mañana

Nombre Nombre.

¿Qué se llama cuanto heriza nos?
Se llama Lomismo que padece
nombre nombre nombre nombrE.

III

Las personas mayores
¿a qué hora volverán?
Da las seis el ciego Santiago,
y ya está muy oscuro.

Madre dijo que no demoraría.

Aguedita, Nativa, Miguel,
cuidado con ir por ahí, por donde
acaban de pasar gangueando sus memorias
dobladoras penas,
hacia el silencioso corral, y por donde
las gallinas que se están acostando todavía,
se han espantado tanto.
Mejor estemos aquí no más.
Madre dijo que no demoraría.

Ya no tengamos pena. Vamos viendo
los barcos ¡el mío es más bonito de todos!
con los cuales jugamos todo el santo día,
sin pelearnos, como debe de ser:
han quedado en el pozo de agua, listos,
fletados de dulces para mañana.

Aguardemos así, obedientes y sin más
remedio, la vuelta, el desagravio
de los mayores siempre delanteros
dejándonos en casa a los pequeños,
como si también nosotros
no pudiésemos partir.

Aguedita, Nativa, Miguel?
Llamo, busco al tanteo en la oscuridad.
No me vayan a haber dejado solo,
y el único recluso sea yo.

IV

Rechinan dos carretas, contra los martillos
hasta los lagrimales trifurcas,
cuandonunca las hicimos nada.
A aquella otra sí, desamada,
amargurada bajo túnel campero
por lo uno, y sobre duras ájidas
pruebas                               espiritivas.

Tendime en són de tercera parte,
mas la tarde —qué la bamos a hhazer—
se anilla en mi cabeza, furiosamente
a no querer dosificarse en madre. Son
los anillos.

Son los nupciales trópicos ya tascados.
El alejarse, mejor que todo,
rompe a Crisol.

Aquel no haber descolorado
por nada. Lado al lado al destino y llora
y llora. Toda la canción
cuadrada en tres silencios.

Calor. Ovario. Casi transparencia.
Háse llorado todo.          Háse entero velado
en plena izquierda.