Poesía necesaria como el pan de cada día...
La poesía de Fermín Herrero

 Zotlandia 
Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, Soria - 1963)
es natural de Ausejo de la Sierra, Soria. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza. Premio de las Letras de Castilla y León 2014 y de la Crítica de la Comunidad por su libro La gratitud, galardonado previamente con el ‘Gil de Biedma’. El núcleo de su obra se ha publicado en la editorial madrileña Hiperión: El tiempo de los usureros, Un lugar habitable, Tierras altas, Echarse al monte, Tempero y Sin ir más lejos, que obtuvo el premio ‘Jaén’ y con posterioridad el Nacional de la Crítica. Una amplia selección de sus poemas, que han aparecido en varias de las antologías más representativas de la lírica española actual, se encuentra en Lastre. Ha colaborado en revistas literarias y de pensamiento como “Archipiélago”, “El Ciervo” o “Turia” y actualmente lo hace en “La sombra del ciprés”, el suplemento de cultura de “El Norte de Castilla”.


Compartido con La nube habitada, de FronteraD

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La poesía
es la conciencia.
Muchas veces la profané,
lo haré de nuevo. Es más,
ya la estoy traicionando.

La poesía no tiene
complacencia, trabaja
a favor del olvido
de uno mismo.
En ausencia de Dios,
lo espera; si se esconde,
lo busca, porque sabe
de su insignificancia. Lo diré
por derecho: la poesía
ha de mostrarse. La bondad
se ve, no necesita
verborrea. Y a cada uno
según sus obras.

La poesía es la conciencia,
ese invento judío, según Hitler.
Es una enfermedad de índole religiosa
que afecta a los más débiles
de la especie.
Que todo es regalado, acuérdate,
que en mucho has de tener, más allá
de ti, cualquier amor, cualquier indicio
de amistad, de misterio compartido.
Vivimos de milagro y eso es suficiente.
Es cierta la belleza aunque lacere,
sobrecoja, remanse y niegue el tiempo.
Que es de admirar por junto, de parte
a parte, lo pasado y lo por venir,
de plenitud en plenitud. Si bien
una sola constancia bastaría. Una sola.
Que de tanto contento no se te acaben
estos días si deja de alumbrar el sol,
que dejará. Actúa como si no lo supieses
y, ante lo inevitable, como fuere razón.
Hemos subido andando hasta el castro
por la pared del monte, parándonos a ratos
para coger aliento. Con el resol, arriba,
entre las piedras, los acebos, la tarde detenida
y con nosotros, nada, las voces de los muertos,
las aves que, hacia el cielo, se perdían.
En la hondonada, manchas de robles
agostados, la soledad desde que el mundo
es mundo. Descendimos a paso vivo,
al fondo el pueblo, el campanario, la vida
con sus cosas, los días que se fueron,
nada: tu voz, la mía. La tarde detenida,
transparente. Al salir de la dehesa te miré,
sonreíste. Nos hemos dado, luego, la mano.


En la pared de adobe del palomar
un rayo de sol último se rebalsa,
se enardece entre dos luces. Con barro
y paja se asentaban las tejas
después de levantar las casas. Se usaba
lo que había, ateniéndose a la tierra.
Las fincas de labor se oscurecen,
son fuertes, gastan mucho arado.
La rojiza aspereza del adobe
guarda la claridad hasta la entraña,
tiene muy buena encarnadura
para cicatrizar la sombra, las heridas.
Es propio de los jóvenes ser
oscuros, con los años en cualquier
levedad se cimienta un equilibrio.
Se vuelve el viento taciturno en los cipreses
y la corteza de los abedules es un albor
tan glacial que de pronto me lleva
a Shalámov, mascando bayas en Kolymá
o cochinillo congelado o carne
de perro. Las miserias del siglo.
Lo atroz. En cuanto llego al manantial
aspiro unas matas de hierbabuena,
me las estriego por las manos. La sangre
no se quita con nada. Ni el horror.
Me acuerdo de pequeño, castigado
en la corte por no querer ir a la escuela.
Cuando se lleva un rato en la pocilga
no huele mal. Ya no huele. Con un palo
remuevo el lodo de la fuente. Así es,
todo tiende a enfangarse o se disipa
como si fuese humo. A menudo, hasta el crimen
se glorifica. No huele. Calla el viento en los cipreses
al cielo del atardecer. Todo acaba sumido
en el tiempo. No huele. Qué inútil decir,
qué difícil. Alrededor del manantial
el musgo, berros en el reguero.
Se han espigado, observo su flor menudísima,
el fresno que se inclina sobre el agua.


Siempre un frío que pela. En cuanto las sacas
del bolsillo, las manos se te enganchan.
Venimos cada año al cementerio.
La puerta está cerrada con unas cuerdas
de paca. Desatamos los nudos.
Mi madre lleva un azadillo y un caldero
con un poquitín de agua para los ramos
de crisantemos y de rosa tardías,
de haberlas. Reza un padrenuestro y se pone
a cavuchar las tumbas, aporca algo de tierra
hasta formar una lomilla, destripa
los pequeños terrones. El frío
es bueno porque es blanco. No conocí
a ninguno de mis abuelos. Hay hierbas
secas, recién cortadas, excepto en las esquinas,
llenas de pasto y cardos. Han sujetado
con alambres las flores de plástico, a las cruces,
a algunas cruces. Faltan letras de los nombres,
las que tienen. Mi madre deposita
muy despacio, con mimo, los ramos
encima de los lomos, como si acostase
a los abuelos con amor.
A veces caen chispas de aguanieve.
Miramos a poniente, a lo alto. Nos vamos.
Mi madre se persigna. El frío es nuestro.

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