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Poesía necesaria como el pan de cada día...
Carlos Álvarez Cruz, poemas y canciones de la Resistencia

  last edited: Mon, 06 Feb 2017 12:08:19 +0100  
Invito hoy a los amigos del canal a conocer la poesía de Carlos Álvarez Cruz (Jerez, 1933), un enorme poeta perteneciente a lo que algunos llaman Generación del 56. Un poeta comprometido en la resistencia al franquismo, una dictadura cuya crueldad genocida conoció desde pequeño, con el fusilamiento de su padre. Sufrió represión y cárcel. Pero ha tenido la suerte de oír sus poemas en forma de canciones (Luis Pastor, Elisa Serna...), lo que vale decir que, en mayor o menor grado, muchos de sus versos forman parte de la memoria popular: el sueño de cualquier poeta.  El primer poema de mi selección, por ejemplo, lo he tarareado a lo largo de décadas, imitando la forma en que Luis Pastor lo cantaba. Para el resto de los textos he seguido la antología realizada por el autor del blog Abril en tesis donde se puede leer también un breve, pero completo y admirativo estudio sobre este desconocido y formidable escritor.

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Se llamaba Frank Stein

Se llamaba Frank Stein.
Nació pobre: como un árbol,
sembrado estuvo en la tierra…
después lo desarraigaron
para hacer de su madera
la jaula donde encerrarlo.
Vino el niño Frank al mundo
para ser precio barato
cuando pusiera a la venta
su fatiga en el mercado;
más, como creció tan recio
y eran de acero sus brazos,
los que con él traficaban
pensaron utilizarlo
también como vigilante
del sudor de sus hermanos.
Por eso cuando contemplan
desde arriba lo de abajo,
se hacen guiños los planetas
y bailan alborozados
al ver cómo en las ciudades,
junto a la mar y en los campos,
hay un orden inmutable
para siempre asegurado,
pues tiene Frank la herramienta
y Stein un rifle en la mano.

De Aullido de licántropo, 1975


PARÁBOLA SOBRE EL BILLAR

No puede haber otro juego
tan cruel como el billar:
tres hombres en una celda
condenados a chocar.
Siempre es una bola blanca
la que ataca con afán:
lo bola roja está roja
de los golpes que le dan.

¡Ay bola de roja sangre
que nunca quiere atacar!
¡Ay blanca bola de nieve
que la obligas a jugar!

El verde color del campo
se ha puesto triste de ver
que a la tierra malherida
no la dejan florecer.

Y todo porque a unos hombres
les parece diversión
lanzarle a la bola roja
disparos al corazón.



De Papeles econtrados por un preso (París, 1967).



AUTORRETRATO MACHADIANO

Mi infancia son recuerdos de un muro de Sevilla
y el desplomarse lento de un hombre acribillado.
También mi joven árbol se estremeció en Castilla
por un viento impreciso, mejor para olvidarlo.

Ni un seductor Mañara... Pero dejemos eso
discretamente al margen, por demasiado mío:
las cosas que a mis versos lastraron con su peso
no son las anecdóticas del fuego y el hastío.

Mi corazón quisiera, tal vez, sentir la brida
que modera el envite del dolor y la euforia.
Pero mi sangre ignora la marcha contenida
por el remanso, imita las vueltas de la noria.

Si advertís que una gota de misterio y de sueño
salpica bellamente indecisa mi mensaje,
pensad que hubo torpeza simplemente: no empeño
de ocultar en la niebla la forma del paisaje.

¿La sembraron mis manos, o me fue regalada
la flor del sentimiento fraterno que cultivo?
Sólo sé que su aroma me emborrachó, y que nada
me importa tanto: es ése el fin para el que vivo.

No escatiméis el rojo si, al pintar mi cabeza,
buscáis el fondo exacto que defina mi gesto.
Mas añadidle un tímido color gris de pobreza
donde se apague el brillo que pueda ser molesto.

Acaso alguna cosa logré desde que dura
mi juego de las mágicas palabras con el rito:
si al hablar de mí mismo mejoré la figura,
mis versos me obligaron a mantener lo escrito.

Una cosa quisiera: dejar como recuerdo
el de un hombre que quiso realmente ser humano.
Si miro hacia el pasado, quizá con ello pierdo;
abierto hacia el futuro, seguro estoy que gano.

Y cuando llegue el día del último coraje
necesario en la vida, alerta quiero estar.
No por miedo a que abrume mi exceso de equipaje,
sino para impedirle a mi pulso naufragar.

Viena, enero de 1968.



Colocar un peldaño es lo importante:
acortar el peligro y la distancia,
asomar ya los dedos como garfios
por el alto pretil de la muralla,
y dejar que el esfuerzo del hermano
apoye su raíz en nuestra espalda...
¡es tan difícil comenzar de nuevo...!
¡tan mísero partir desde la nada!
...y está ya tan lejano el primer árbol,
y estamos ya tan cerca de mañana...
Con el pecho cubierto por el musgo,
sumergido en el frío que me avanza,
un presagio de espumas y de brisa
me adormece el rencor en la garganta.
Seguiré donde estoy: como un relieve
sin cultivar del muro que adelanta
su mano hasta otras manos... ¡Que me crezca
en el hombro el dolor de una pisada!

Aunque el mar no se acerque hasta mis ojos,
alguien lo podrá ver desde mi espalda.

(Poema musicalizado por Elisa Serna.)

De Los poemas del bardo (Barcelona, 1969).



ECLIPSE DE MAR

Desde días, amaso un pan amargo
que no alimenta bien. O en el molino
venden harina pobre, o el declive
hay que buscarlo en la panadería

donde rindo mi esfuerzo. Porque estudio,
consultando los médicos, mi caso
(radiografía, análisis de sangre)
y nada encuentro en mí que justifique

tan bajo rendimiento: ni mis manos
carecen ya de tacto, ni en los ojos
hay síntomas de pérdida que indiquen
que acaso filtro arena entre los trigos.

Y, sin embargo, el hecho es evidente:
no acuden parroquianos, buscan otro
lugar en que les den su pan diario.
¿Será a pesar de todo culpa mía?

***

Con esta duda me rendí a la noche,
y, andando en sueños, me acerqué a la playa
vencido por el ansia marinera
que siempre me ha impulsado al horizonte.

Y caminaba, caminaba ansioso,
borracho, enamorado de la estrella
que se mira en la espuma. Pero luego,
nervioso de no verla en mis zapatos.

Porque, o era muy larga la distancia
que del mar me alejaba, o el camino
se reía de mí, sediento y blanco,
... marea de mi fe. Bajo la luna,

sobre la arena muerta, los cadáveres
devueltos por el tiempo; la despierta
señal de lo que fue; los galeones
mostrando su tesoro carcomido...

Pero la mar, tragada por la tierra.


De Eclipse de mar (1973).

#poesía #literatura #Carlos Álvarez Cruz