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Poemas escogidos de Marcos Ana

  last edited: Sun, 27 Nov 2016 11:28:42 +0100  
Nos sumamos al homenaje, y despedida, al poeta Marcos Ana compartiendo la selección de poemas que publica El Viejo Topo  este 27 de noviembre.

Marcos Ana Poemas escogidos

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Nos ha dejado un gran hombre: Marcos Ana. Poeta, comunista, preso político de la dictadura franquista durante 23 años.



Autobiografía

Mi pecado es terrible;
quise llenar de estrellas
el corazón del hombre.

Por eso aquí entre rejas,
en diecinueve inviernos
perdí mis primaveras.

Preso desde mi infancia
ya muerte mi condena,
mis ojos van secando
su luz contra las piedras.

Mas no hay sombra de arcángel
vengador en mis venas:

¡España! es sólo el grito
de mi dolor que sueña.


Mi casa y mi corazón
(sueño de libertad)


Si salgo un día a la vida
mi casa no tendrá llaves:
siempre abierta, como el mar,
el sol y el aire.
Que entren la noche y el día,
y la lluvia azul, la tarde,
el rojo pan de la aurora;
La luna, mi dulce amante.
Que la amistad no detenga
sus pasos en mis umbrales,
ni la golondrina el vuelo,
ni el amor sus labios. Nadie.
Mi casa y mi corazón
nunca cerrados: que pasen
los pájaros, los amigos,
el sol y el aire.

En: Te llamo desde un muro).


Imaginaria

Al pintor Miguel Vázquez.
Al que sorprendí una noche llorando
en la cárcel de Burgos.


Oídme amigos. He visto
con los ojos soñolientos
algo que quiero contaros.
Es la madrugada. Un preso
enfrente de mí despierta.
Se incorpora sobre un codo.
Lía un cigarro. Se sienta.
Mientras fuma tiene ausente
la mirada, como dormida la frente
(Sueña el viento en la ventana)
Tira el cigarro. Se inclina.
Saca un pedazo de pan,
se lo come lentamente
y después… rompe a llorar.
(Quizás no tenga importancia…
Yo os lo cuento)
Ya sabéis que a mí las losas
me han gastado hasta los huesos
del corazón,
pero ver llorar a un hombre
es algo, siempre, tremendo.
Y este preso no es un árbol
que se ha roto. Sigue ileso.
Pero de pronto ha venido
todo lo “suyo” a su encuentro
en esta noche tranquila…
Con su dolor en mi pecho
le miro. No puede verme.
Sus ojos están muy lejos.
Sus ojos cerca, llorando
tan suave, tan hondamente
que apenas si mueve el aire
y el silencio.
Un “alerta” le estremece.

(Por el patio
se oye cruzar el relevo)


La vida

¿La vida?

Decidme cómo es un árbol.
Decidme el canto de un río,
cuando se cubre de pájaros.

Habladme del mar. Habladme
del olor ancho del campo.
De las estrellas. Del aire.

Recitadme un horizonte
sin cerradura y sin llaves
como la choza de un pobre.

Decidme cómo es el beso
de una mujer. Dadme el nombre
del amor: no lo recuerdo.

¿Aún las noches se perfuman
de enamorados con tiemblos
de pasión bajo la luna?

¿O sólo queda esta fosa,
la luz de una sepultura
y la canción de mis losas?

Veintidós años… ya olvido
la dimensión de las cosas,
su color, su aroma…

Escribo a tientas: el mar, el campo…
Digo bosque y he perdido
la geometría de un árbol.

Hablo por hablar de asuntos
que los años me borraron.

(No puedo seguir: escucho
los pasos del funcionario).

#poesía #literatura  #Marcos Ana
“Me interesa más vivir la vida que contarla”

  last edited: Sat, 09 Apr 2016 12:54:11 +0200  
Salvador de Madariaga afirmó una vez, con cinismo pero también con gracia, que la entrevista era un género muy particular, que hacía uno y cobraba otro. En la que comparto aquí, la entrevista la hace Marcos Ana y la cobra Miguel Ángel del Arco. La ha publicado la excelente revista digital CTXT. Uno siempre ha pensado que lo importante en el arte -incluyendo la poesía, claro-  es la obra y que lo que mejor podemos hacer con los creadores es dejarlos en un discreto olvido. Pero, como en todo, hay excepciones, como la del poeta Marcos Ana, cuya vida -parte de la cual se deja entrever en este largo diálogo- tiene la fuerza de un mito, un mito del pueblo, que debería ser del pueblo si España no se hubiera ido a por uvas, ni fuera tan poco amante de leer ni escuchar:
¿Que habrían dicho sus padres, si lo ven poeta y celebridad?

Habrían estado orgullosos. Mi padre era analfabeto, mi madre sabía un poco...


“Me interesa más vivir la vida que contarla”

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Nació en un pueblo de Salamanca, en 1920. Al acabar la Guerra Civil lo metieron en la cárcel y fue dos veces condenado a muerte. Se convirtió en el preso político que más tiempo pasó en las cárceles franquistas. Las presiones de Amnistía Internacional hicieron que saliera a la calle 23 años después, en 1962, sin saber lo que era la vida ni las mujeres, pero sí la dignidad y la solidaridad, vomitando porque ni su vista ni su cuerpo estaban acostumbrados a los espacios abiertos. Se llamaba Fernando Macarro. Pocos sabían que era el autor de los versos que corrían por el mundo bajo el seudónimo Marcos Ana. Y el Partido Comunista lo mandó a París, viajó por Europa, recorrió América: había nacido el mito. Hoy tiene 96 saludables años, vive en un primer piso sin ascensor, hace cada día bicicleta estática, pasea por el Retiro madrileño, va a manifestaciones, lee los periódicos y dice, coqueto, que escribirá la segunda parte de sus memorias cuando sea viejo. Ya nadie lo llama Fernando, es Marcos Ana para siempre.

Se ha encontrado con los estudiantes que le invitaron a dar un recital en Argentina, en 1963. Uno de ellos le ha dicho: “Qué bien estás. Recuperaste los años que te robaron”. ¿Los ha recuperado realmente?

Cuando salí en libertad, en lugar de quedarme en casa a disfrutar tranquilamente de la familia después de tantos años encarcelado, puse el motor en marcha y viajé por toda América Latina y allí conocí a ese grupo de estudiantes. Vinieron a otra cosa y aprovecharon para verme, prepararon una comida y fue un encuentro bastante entrañable. Me los robaron, tienes razón. Pero no me crea problemas, es una parte de mi vida de la que no tengo por qué avergonzarme, sino al contrario, estar orgulloso. En aquel momento sufrieron muchos y que me diera un zarpazo el régimen era lo habitual. Pero fueron 23 años de cárcel, toda una vida.

Le dieron la medalla del Trabajo, la de Bellas Artes, fue candidato al Príncipe de Asturias.. ¿Es una especie de compensación?

Si, sí. Eso no se paga solo con títulos, se agradece, pero no. Siempre que me dan premios se los dedico a la gente que ha hecho lo mismo que yo y nadie se acuerda de ellos. Compañeros que estuvieron en la cárcel, que sufrieron, que lo soportaron con mucha dignidad y que no los conoce nadie.

Me refería a una reparación oficial, un gesto, por los 23 años de cárcel.

Reparación en ese sentido, o compensación material, no ha habido ninguna. Ni lo he pedido ni la hubiera aceptado. Sí ha habido reparación moral de la gente. Ha habido homenajes y premios, que están por ahí colgados en algún sitio. Para mí era suficiente porque yo he vivido la vida que he querido vivir y no tengo que sufrir por eso. Y desgraciadamente otros compañeros pasaron también por la cárcel, dejaron allí lo mejor de su vida y nadie se ha preocupado de ellos. Yo sigo vivo y en la memoria de la gente.

Se considera un afortunado, entonces.

Lo que hice fue recorrer el mundo y recibir el cariño de mucha gente, y conocer a personalidades como Pablo Neruda o Salvador Allende, que me recibieron como a un hijo y he estado en su casas. Eso son las únicas cosas que valen. No es una compensación material, pero vale más.

Aquella gira, tras salir de la cárcel, fue un baño de multitudes ¿Cómo le sentó a su ego?

Ver cómo la gente comprendía tu sacrificio era agradable. Yo había cumplido con mi deber. Salí de la cárcel con los deberes hechos, sin una sola mancha. En la cárcel, desgraciadamente, no todo el mundo soportaba las cosas. Lo importante en la vida es  estar conforme contigo mismo, que te mires al espejo y estés a gusto: soy yo y no me arrepiento de ser como soy. Y si mil veces viviera volvería a pensar como pienso. Y eso para mí ha estado muy claro siempre.

¿Es verdad que Allende le llevó de cacería?

No era una cacería exactamente, pero fuimos a un sitio que no recuerdo cómo se llamaba, Los Balcones o algo así. Pasamos el día allí con unas amigas suyas. Allende era muy mujeriego, no en un sentido peyorativo, pero siempre tenía amigas. Recuerdo que me dijo ‘voy a llevar a dos amigas’ y resulta que una de ellas era una que yo conocía de Alemania...

Homenajes, contactos, recitales, reconocimientos, ¿fue la mejor época de su vida?


Yo fui a cumplir con la gente que se había movilizado por mí. Fue grata porque fue un recibimiento universal, ver que la gente reconocía lo que había sido mi vida y, más que eso, la dignidad con la que pasé esas épocas. En la cárcel lo importante era la dignidad. Yo he sido torturado muchas veces. Te llevaban a la Dirección General de Seguridad y aquella era la gran prueba, porque te sometían a torturas casi insoportables. Yo siempre tenía la preocupación de que mi cerebro fuera a estropearse: te conviertes en un cascajo. Era muy fuerte mantenerte vivo y el cerebro funcionando. Había muchas experiencias de gente que se volvía tarumba y perdía la dignidad.

También sería humano, volverse tarumba en esa situación…


A un poeta, José Luis Gallego, le llevaron a su mujer estando embarazada. Y la golpearon delante de él. La llevaron embarazada y allí dándole golpecitos en el vientre delante de él, ¿quieres que deshagamos lo que hay aquí dentro? Le decían. Pruebas terribles.

También golpearon a su madre.

Sí. Se abrazó a los pies de los guardias, les decía que no me maltrataran. La zarandearon, se la quitaron de encima y quedó en el suelo la pobre, como un pequeño pájaro oscuro. Fue fuerte. A mí me llevaron a empujones y ella quedó en el suelo. Pero lo importante, repito, es que a estas alturas saber que uno ha sido digno de sí mismo en cada una de esas situaciones tan difíciles, que rompían a cualquiera. La satisfacción mía es que la gente que me conoce, todos los que han conocido mi historia, los compañeros, lo saben también. Una vez me encontré con un grupo de mujeres, y entre ellas estaba la que era dirigente, que había caído, y al verme se separó de un tirón de los guardias, me abrazó y me dijo: “Muy bien muchacho, te has portado como una mujer”. Les dijo a todos que me habían torturado pero que no había hablado.

Su libro de memorias, Decidme cómo es un árbol, es amable, se deja cosas, no se regodea en momentos terribles.

No, porque, yo me acuerdo del director de una prisión que era bastante bestia: un día me cogió por las solapas, me dijo “pero tú por qué cojones luchas”. Y le respondí pues mire usted, yo lucho por una sociedad donde no le puedan hacer a usted lo que usted me está haciendo a mí. Esa grandeza también les dominaba a ellos.

¿Cree que hacía alguna mella?

Yo creo que sí, por muy bestias que fueran.

Al salir de la cárcel lo recibieron literatos y gente del partido. "Fueron muy atentos conmigo”,  dice en sus memorias incompletas. Y resulta que le costó aclimatarse a lo que más deseaba, la libertad, los espacios abiertos. La adaptación a la vida después de tantos años metido en una celda fue tremenda. Me mareaba hasta el vómito. Los médicos me explicaron que el nervio óptico se había acostumbrado a las distancias cortas y verticales. Le quedan algunas herencias del encierro: andar a zancadas cuando pasea, colocarse en el asiento del pasillo en el cine...

[...]

Siente el cariño de la gente y su casa está llena de visitas. Está Daniel, compañero de partido, que lo cuida, le tiene al día y lo acompaña en sus paseos y a las manifestaciones. Y en cuanto llegue el buen tiempo irán los dos a hacer un recorrido por la sierra. La misma tarde de la entrevista espera Mirta Núñez Díaz-Balart, la hija de la primera mujer de Fidel Castro. Marcos Ana tiene todo anotado en su diario: las visitas, los datos. Es meticuloso, las estanterías del salón de su casa están llenas de papeles y carpetas y archivadores cuidadosamente rotulados. El fular por los hombros, el jersey color vino, el aspecto saludable que desmiente sus 96 años y su larga estancia en las cárceles de Franco. Afable, digno, risueño, en los recuerdos de la cárcel pesan más los gestos solidarios, la camaradería, que las torturas, los abusos, el frío, el hambre y el dolor

Empezó a escribir versos que sacaba clandestinamente de la cárcel y corrían como pólvora por el mundo. Se fue construyendo su leyenda y pensaron que tenía que firmarlas con un seudónimo, Marcos por su padre y Ana por su madre.  Poemas en los que hablaba de libertad, de solidaridad: “Arlanzón, díselo al Sena’. Y aunque tiene buena memoria y está al día de lo que pasa, se le encienden los ojos cuando se acuerda de Isabel, la prostituta que le cogió la mano, que le enseñó qué era eso del amor y del cuerpo de una mujer, o de cómo engañaban a los guardias para sacar los poemas recién escritos: el preso que salía a la calle se aprendía la poesía de memoria y alguien lo transcribía y lo lanzaba el mundo..


A algunos se les olvidaban versos.


Me los repetían mil veces, pero cuando salían en libertad, con la familia y la emoción, se les olvidaban algunos y los improvisaban. Así que aparecían como remiendos de tela vieja. Salía algún gazapo. Luego ya buscamos procedimientos más simples y más seguros, como el tubo de pasta de dientes, lo abrías por detrás y preparabas un canuto de papel y allí lo pasabas, lo cerrabas como un supositorio. Así salían y entraban cosas.

Y falsificaban libros.

Teníamos un manitas que se llamaba Mota, un viejo librero. Hacíamos libros clandestinos. Pasarlo no era difícil, siempre había un guardián al que sobornábamos, el problema era sostener el libro. Buscábamos en la librería oficial el libro más semejante al que queríamos clandestinizar. Ese Mota deshacía los dos libros y cogía las pastas del legal y se las ponía al nuestro. Por fuera ponía Historia de santa Genoveva de Brabante, y por dentro era el Canto general de Neruda. Así camuflados teníamos muchos libros en la cárcel.

Repite mucho en su libro que lo intimidaban las mujeres ¿Lo superó?

Me ayudaron las mujeres. Yo entraba con mucho temor y ellas se daban cuenta de la situación. Pero incluso prostitutas. Un amigo, que era hijo de uno de mis jefes en una zapatería, me llevó a un cabaret. Me daba vergüenza porque pensé que no debía ir a esos sitios, pero claro iba con los ojos abiertos de par en par. Entonces este amigo, que se llamaba José Luis, se fue para dentro y volvió con una chica. Le pagó, “para que te vayas con este amigo esta noche”. La chica se dio cuenta de que no sabía cómo moverme, que no era un caso normal. Entonces me invitó a cenar, fue tan amable. La primera vez que conocí a una mujer de verdad.

¿La volvió a ver alguna vez?

No, enseguida me sacó de España el aparato clandestino y mi vida ya fue otra.

[...]

¿Que habrían dicho sus padres, si lo ven poeta y celebridad?
[/b]
Habrían estado orgullosos. Mi padre era analfabeto, mi madre sabía un poco. Mi madre sufrió mucho, vivió siempre con una culpa tremenda porque mandó a mi padre a comprar carbón. Él, que venía cansado del trabajo, no quería ir. Pero ya sabes cómo son las mujeres, que no queda carbón, entonces mi padre cogió el capacho aburrido y malhumorado y fue. Y no volvió. Lo mató la aviación. Recuerdo a mi madre siempre llorando porque no debía haberlo obligado...


#poetas #entrevista #Marcos Ana