Cuaderno de lecturas

Héctor en Ilión (primera parte)


Tres transformaciones del espíritu os menciono: cómo el espíritu se convierte en camello, y el camello en león, y el león, por fin en niño.

(F. Nietzche, Así habló Zaratustra)


El deseo que mueven estas palabras que comienzan aquí es, en segundo plano, rescatar del olvido -o de su «secuestro» por parte de la cultura institucional cubana, que tanto da- a un poeta enorme como es José Martí. Pero mi primera intención es invitar al lector a sumergirse en los versos de su primer libro de poemas, el Ismaelillo; porque en él, en una poesía de gran aliento, la figura del hijo, desparramada en una red simbólica de múltiples sentidos e insinuaciones, acaba encarnando siempre la esperanza -personal, por histórica; tal como ocurría en épocas de «pensamiento fuerte»-. Pero es que, además, es una de las rarísimas ocasiones en que la literatura nos permite pensar y sentir la figura del padre -siempre lejos o referencial, como verdadera no persona- como legítimo, y tan infrecuente, «yo» poético.

Me sitúo, pues, no sólo en la reivindicación del «otro modernismo» literario donde las continuas variaciones en torno a la métrica del romance y el homenaje continuo al español popular cubano (¿quién recuerda ya que «Juan Tanamera» es de Martí?) harán las delicias de cualquier lector que aún se maree con el vértigo de la poesía. No, sino que, dada la condición «heroica» e intelectual del poeta, me quiero ubicar en la línea de quienes llaman a repensar y rescatar también la imaginación del futuro como territorio habitable. Porque no otra cosa es la menuda figura del pequeño Ismael que juega y ríe en las páginas de este libro a lomos de su padre.

El «otro» Modernismo

Aun arrinconado por la caprichosa estimativa literaria en el canon menor del Modernismo, pocos poetas habrá que, como éste, tenga una biografía trascendente por sí misma para su sociedad y su mundo -frente a la de otros poetas contemporáneos suyos, como Gutiérrez Nájera, Rubén Darío o José Asunción Silva- y, a la vez, tan entremetida en su obra. Si es cierto, como quería Federico de Onís, que con el Ismaelillo (1882) comienza el Modernismo, valdría la pena entender este movimiento al margen de las connotaciones escolares de exotismo, alejamiento de la realidad o mera especulación lingüística con que se cuenta siempre.

Una cita de nuestro autor ayuda a entenderlo así: «La palabra de mera verba y sin propósito es desdeñable y repulsiva como las pinturas de una meretriz» El cisne totémico de Rubén Darío, en Martí son tábanos fieros o palomas que se transforman en águilas.

Es en «Musa traviesa» donde, quizá sea más explícita esta relación entre literatura y vida, pero también literatura y política. O la asunción de un «tiempo de historia» que hoy nos suena tan lejano:

    Allá monta en el lomo
    de un incunable;
    un carcax con mis plumas
    fabrica y átase;
    un sílex persiguiendo
    vuelca un estante,
    y ¡allá ruedan por tierra
    versillos frágiles,
    brumosos pensadores,
    lópeos galanes (…)

Y, más adelante, el niño, cansado del combate alegórico, busca descanso en brazos del padre, en otra superposición temporal en la que el futuro también necesita reposar en el presente:

    ¿Qué ha de haber que me guste
    como mirarle
    de entre polvo de libros
    surgir radiante,
    y, en vez de acero, verle
    de pluma armarse,
    y buscar en mis brazos
    tregua al combate?

El mismo viaje en el tiempo que le hace exclamar hacia el final, en hermosa paradoja:

    Hijo soy de mi hijo!
    Él me rehace!

¿Es esta paradoja de la cadena generacional, de la dialéctica histórica como reflejo de eternidad lo que provocó la admiración incondicional que sintió Miguel de Unamuno por nuestro poeta?

Historia, vida y poesía

Martí escribe el Ismaelillo en 1881, exiliado en Venezuela, donde fundó y dirigió la Revista Venezolana. Por negarse a elogiar al dictador Guzmán Blanco, se ve obligado a dejar el país. Va otra vez a Nueva York -donde residirá hasta poco antes de su muerte- y allí, en 1882, publica el libro. Contaba 29 años y se dedicaba a organizar grupos de exiliados cubanos con vistas a la proyectada invasión de Cuba, de la que a última hora se desligó, por su excesivo militarismo. Está alejado de Concha Zayas y de su hijo.

Y a él va dedicado este libro, mal conocido y poco estimado desde sus mismos lectores contemporáneos. Citamos la valoración que hizo de él Rubén Darío en uno de sus despistes desatentos: «Devocionario lírico, un Arte de ser Padre, lleno de gracia sentimental y de juegos poéticos». Nada más lejos de la realidad. Desde la misma elección del nombre: Ismael, el hijo de Agar, la esclava de Abraham que, con el tiempo, daría lugar a un nuevo pueblo. Una visión profética, prometeica y totalizadora, de la que no se libraba José Martí, y que es de lo que nos lo puede hacer, en una lectura contemporánea, más antipático, como cuando aseguraba en «Sueño despierto»:

     Un niño que me llama
     flotando siempre veo!

El librito es breve, quince composiciones -con predominio absoluto de la métrica del romance: endechas, romancillos y combinaciones mixtas entre ellos- cuya retórica mezcla sabiamente imágenes oníricas y símbolos propios de la poesía francesa de la época, junto a, y en contradicción con, el ingenuismo de la poesía popular.

Unos poemas que giran alrededor de lo que podemos llamar la inversión épica, donde es el niño el que protege al padre. Éste a su vez, en una relectura contemporánea del «amor cortés», lo acepta como su único señor. A mí, desde la primera vez que lo leí, me evocó el Canto VI de la Iliada, en el que, como recordarán, se produce el conocido encuentro entre Andrómaca y su hijo y Héctor en una de las torres de Troya, en los momentos previos, llenos de oscuros presentimientos, a la batalla terrible.

Quiero transcribir, enseguida, las líneas en prosa epistolar que presentan el Ismaelillo, antes de demorarme en la escena homérica:

    Hijo:
    espantado de todo, me refugio en ti.
    Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti.