Cuaderno de lecturas

Héctor en Ilión (segunda parte)


En el Canto VI de la Iliada se desarrolla un episodio único que, por su naturaleza, rompe la estructura monolítica del héroe homérico, lo hace dudar, lo vuelve humano y frágil.

Se trata de un delicado momento de la guerra en el que el aqueo Diomedes hace estragos entre las filas troyanas. Héleno, el visionario hermano de Héctor, acude junto a éste y Eneas con el encargo de que vaya a la ciudad y dé a Hécuba, la madre de ambos y reina de Troya, la siguiente recomendación: ofrecer a Atenea en su templo el mejor peplo que posea y la promesa del sacrificio de doce terneras añales si socorre la diosa a la ciudad.

Héctor cumple la recomendación de su hermano. Una vez en la ciudad, su madre lo quiere agasajar con vino, pues:

Bien, pero, ¡espera a que del melidulce vino te traiga,
(…)
pues mucho al hombre cansado la fuerza el vino repara
como cansado estás tú de luchar por los de tu casa.


Héctor se niega:

no me quebrantes de fuerza, y de lid me olvide y de lanza.


Después, en su recorrido por la ciudad, Héctor va al palacio de Paris, al que encuentra junto a Helena. Lo increpa: ¿como él, causante de todo, permanece en el palacio mientras los soldados mueren? Y prosigue hasta su casa, para ver a su mujer, Andrómaca, y al pequeño Astianacte (=señor de la ciudad), porque

que no sé si aún otra vez tornaré y les vea las caras.


Ante su alarma, al ver que ninguno está en su casa, la fiel despensera le da a conocer su paradero: ha subido a lo más alta torre de Ilión, pues oyó de los apuros de los troyanos, a contemplar la batalla.

Tras producirse el encuentro, Andrómaca, temerosa de un destino encarnado en Aquiles, que ya le arrebató a su padre -Eetión, rey de Tebas- y a sus siete hermanos y madre- ruega a Héctor que abandone la lucha, por ella y por el hijo común, pues

¡Ah, duélete tú!: no tengo ya padre ni madre y señora; (…)
Héctor, y tú para mí eres padre y madre patrona,
y hermano también, y también mi florida prenda de bodas.
Mas, ¡ea, apiádate ya y en la torre quédate ahora!.


La respuesta de Héctor es luminosa para lo que nos interesa:

A fe, que eso todo me cuida, mujer, pero mal me sonroja
que crean de mí los Troes y Tróades manto-de-cola
que como vil de la guerra quizá me aleje y me esconda.


Comparémoslo con estos versos de Martí en «Príncipe enano»:

    ¡Heme, ya puesto en armas,
    en la pelea!
    Quiere el príncipe enano
    que a luchar vuelva.

Sigue reiterando su situación: deber frente a querer, y termina, tras una sonrisa común frente al lloriqueo del niño, asustado por los espectaculares penachos del casco del padre, con una invocación a Zeus, como última justificación de la lucha:

¡Zeus y los dioses demás, otorgad que a mis votos responda
este hijo mío, en ser como yo y de los Troes corona
y tal de bravo en sus bríos, y sea rey sobre Troya,
y alguna vez uno diga «Mejor que el padre y con sobra».