Cuaderno de lecturas

Héctor en Ilión (y tercera parte)


¡Dios qué buen vassallo! ¡Si oviesse buen señor!


Quiero insistir, pues, en la inversión simbólica llevada a cabo por Martí de la jerarquía que caracteriza al género épico; da igual que atendamos a la epopeya homérica, como hicimos antes a propósito de del Canto VI de la Iliada, o que nos fijemos en nuestras narraciones de gesta primitiva o que recordemos al mismísimo Don Quijote en su discurso sobre la caballería andante:

Para cuya seguridad, andando más los tiempos y más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y menesterosos (…)


Jerarquía en que el héroe o el caballero protegen al débil y sirven a un señor, rey, príncipe o dama, en cuyo nombre actúan y de quienes parte la coherencia de sus actos.

Fijémonos en lo que le ocurre a Martí observando sólo los significativos títulos de cuatro de las quince poemas del Ismaelillo: «Príncipe enano», «Mi caballero», «Mi reyecillo» y (el padre, caballo del joven príncipe) «Sobre mi hombro». En esta composición, a partir de una imagen del todo común y cotidiana -el padre pasea al hijo sobre los hombros- nuestro poeta desarrolla el ciclo de la inversión especular al presentarse a sí mismo como un caballo embridado y dirigido por las manos del niño. De rey, pues a jinete, cumpliendo los pasos intermedios de la gradación. El niño se configura, por un lado, como la única nobleza aceptada por el héroe y anula, con esa imagen invertida, toda la épica antigua. Y estable, por otro lado y de forma implícita, un nuevo modelo de sociedad que sólo -pues el niño es, sobre todo, el símbolo del futuro- en lo por venir, podrá tener realización.

Oigamos a Martí en «Mi caballero»:

    Puesto a horcajadas
    sobre mi pecho,
    bridas forjaba
    con mis cabellos.

Y en «Príncipe enano»:

    Mi mano, que así embrida
    potros y hienas,
    va, mansa y obediente,
    donde él la lleva

Tal vez, donde mejor se observa la inversión épica es en la composición «Mi reyecillo»:

    Mas, yo vasallo
    de otro rey vivo,-
    un rey desnudo,
    blando y rollizo;
    su cetro -un beso!
    Mi premio -un mimo!

Advirtiéndole, sin embargo:

    Mas si amar piensas
    el amarillo
    rey de los hombres,
    ¡Muere conmigo!
    ¿Vivir impuro?
    ¡No vivas, hijo!

La semiología del Ismaelillo se dispara, en este punto, en todas direcciones: como guardián frente a los tres enemigos cristianos del hombre (mundo, demonio y carne), como futuro, sueño y talismán, hasta la transformación, crisálida del pueblo o prado reverdecido en «Prado lozano»:

    Dígame, mi labriego (…)
    Dígame de qué ríos
    regó ese prado,
    que era un valle muy negro
    y ahora es lozano?

Sólo por echar a volar de nuevo esas preguntas, como «tábanos fieros» en forma de versos, sólo por despertar a tantos «príncipes enanos» del sueño hipnótico y tecnológico en que la posmodernidad los ha encerrado, quizá valga la pena volver a leer los versos emocionados de Ismaelillo.