Cuaderno de lecturas

Algodoneros, de James Agee


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La historia de este libro (editado en España en 2010 por Capitán Swing)  responde, por un raro azar, a un tópico literario usado muchas veces desde Cervantes, el del manuscrito encontrado. Así lo resume su editor norteamericano, John Summers:

"Algodoneros" constituyó el primer intento de Agee de narrar la historia de aquel viaje trascendental. El manuscrito, que le fue encargado en el verano de 1936 y que luego aparcaría la revista Fortune —Agee era redactor de plantilla—, permaneció olvidado durante casi veinte años en su casa de Greenwich Village, un desgarrador texto alojado entre una colección de manuscritos jamás leídos. Pero la hija pequeña de Agee heredó tanto la casa como la colección y, finalmente (en 2003, para ser concretos), la rescató del olvido. Dos años después, la James Agee Trust traspasó la colección a la Biblioteca de Colecciones Especiales de la Universidad de Tennessee; allí se catalogaron todos los manuscritos, y entre los papeles se descubrió "Algodoneros".


James Agee viajó a la región algodonera de Alabama, por encargo de la revista Fortune, que recorrió en los años 30 junto con el fotógrafo Walker Evans, la estudió con atención en sus condiciones generales y nos dio a conocer en todos sus pormenores la vida cotidiana de tres familias de arrendatarios. De todo ello dio cuenta en esta descarnada crónica. Este periodista ejemplar, al que nunca abandonó, sin embargo, la sensación de ser un talento literario desaprovechado, siguió el consejo de su compañero en aquel viaje al Sur, el fotógrafo Walker Evans:
Mira fijamente. Es la forma de educar la retina, y más. Mira fijamente, curiosea. Escucha, espía. Muere sabiendo algo. No estás aquí para siempre.


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Con estas palabras, pertenecientes a la Introducción, caracteriza estas tierras, este es el contexto, explicado con la claridad y concisión de un gran periodista:

La región algodonera tiene novecientos sesenta y cinco kilómetros de largo y cuatrocientos ochenta y dos kilómetros de ancho. El sesenta por ciento de aquellos cuyas vidas dependen directamente del algodón que aquí se cultiva, entre ocho y ocho millones y medio de hombres, mujeres y niños, no tienen tierras ni hogar en propiedad, son arrendatarios. Este artículo es una crónica detallada de las vidas de tres familias de esos arrendatarios, escogidas con sumo cuidado para representar al total. Ninguna de las tres familias sobre las que se escribe aquí podría servir de ilustración ni tan siquiera de bosquejo de ese total. Las tres juntas, al menos, sí constituyen un bosquejo. No trabajan ni para la peor clase de terrateniente, el absentista (sea ser humano o corporación) y su administrador y capataz; ni tampoco para la “mejor” clase, el paternalista. Trabajan una tierra cuya producción se aproxima a la media nacional. Una tiene a su cargo una granja de dos mulos. Dos pertenecen a esa clase más afortunada de arrendatario, por así llamarlo, que trabaja por la tercera y cuarta partes. Una de ellas es depositaria de buena parte de lo peor que puede hacerle la pobreza a un ser humano blanco en el Sur rural; una es mucho más limpia y “digna” que la media (sin más felices resultados); la tercera acuna y entreteje una serie de diferencias entre ambas. En un esfuerzo por evitar la más mínima presencia de los prejuicios de los que se ha acusado a buena parte del periodismo que ha informado sobre este tema, nos hemos concentrado en los Burroughs, aquella de entre las tres familias que muestra una imagen menos flagrante.


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Su misma declaración de intenciones sitúa a Agee en la tradición del periodismo de grand style: objetivo, desprejuiciado y documentado, con un distanciamiento (pero no brechtiano, enseguida lo explicamos) que vuelve sus historias y descripciones más desgarradoras, porque el sentimiento de desolación e injusticia que agarra y angustia, a veces, al lector se desprende de la misma fuerza de lo que cuenta, de la realidad que retrata también con su mirada, de los datos e informaciones que va desgranando ante el lector, en un tono casi documentalista, y no de la exaltación melodramática o lírica que torna débiles, contradiciendo su intención, a tantos textos de denuncia. Pero el arte de Agee reside en que este distanciamiento lo consiguió desde su subjetividad (él mismo tiene voz propia, como un personaje más) y con descripciones que se transforman en meditaciones y monólogos interiores.

Algodoneros está dividido en nueve secciones, todas con un título que, a modo de campo semántico, delimitan los conceptos que a continuación son "estudiados" en cada una de las tres familias, encarnados en sus vidas cotidianas. Son estos: "Dinero", "Cobijo", "Comida", "Ropa", "Trabajo", "Temporada de recolección", "Educación", "Ocio" y "Salud". El mensaje global de este reportaje perturbador (escrito "para ser cantado", según su autor al compararlo con Elogiamos ahora a los hombres famosos, la obra, más conocida y difundida, a la que esta sirvió de texto base):
Una civilización que, por la razón que sea, pone una vida humana en desventaja; o una civilización cuya existencia radica en poner vidas humanas en desventaja, no merece llamarse así ni seguir existiendo.


A continuación, una mínima selección de fragmentos:

[Dinero]

Entre la prolija lección de la (difícil) contabilidad doméstica de estas familias, que predomina en esta primera sección, un sobresalto. Agee, de pronto, se detiene en el aspecto de los niños; su mirada entrenada y su corazón sensitivo, trasladan a sus palabras el retrato:

Hay algo en los niños pequeños, algo en su piel y en sus ojos, una abrasión y un brillo inquietantes que solo la muerte por inanición puede, en parte, explicar. Desde el punto de vista emocional, son volátiles como la nafta; increíblemente sensibles a cualquier muestra de simpatía. Los ves y muy probablemente sientes que transportan en su interior, consumiéndose lentamente como el azufre, una precocidad sexual cuyo poder y significado escapan al entendimiento de sus padres, ya sea porque son incapaces de distinguirlos o porque no los captan: y esta sensación te la transmiten de algún modo el tono con que juegan juntos, está presente en los ojos de William, que tiene doce años, y en la salvaje coquetería de Laura Minnie Lee, que tiene diez, y en el carácter hosco y la timidez, surcados por un exhibicionismo llameante, como juncia ardiente, de Sadie, que tiene nueve, e incluso en la coquetería de Ida Ruth, que tiene cuatro. Al desconocido que les ofrezca una mínima muestra de simpatía ellos lo reciben y lo agasajan con la dulzura sobrehumana y milenaria de los polinesios. Duermen mezclados, despreocupados por la desnudez.


[Cobijo]

Los Tingle viven en lo que antaño fue una granja. Hay un árbol que da sombra y y un arbusto de flores en el desnudo patio de tierra. Hay tres habitaciones a un lado de la casa, como un piso con forma de mancuerna: hay otra al lado del vestíbulo abierto. Las ventanas están acristaladas, carecen de mosquiteras, permanecen cerradas por la noche. La casa es extremadamente oscura, algo que se debe en parte a la disposición de las ventanas, en parte a la absorción de humo, en parte a una gruesa pátina de grasa y suciedad, tan impregnada a sus antes encaladas superficies, que la escoba y el cepillo la afectan menos que si fueran hierro. Las paredes presentan una recargada decoración a base de calendarios y otros carteles publicitarios. La mesa de la cocina y su hule han absorbido grasa y maíz y sudor de maíz hasta el punto de extender un globo de náusea tan denso y pegajoso como el aceite. Las sábanas, la ropa y la gente están sobrecogedoramente sucias. El agua de beber y para cocinar se recoge del tejado y se almacena en un tanque. La solidez de sus paredes es de relativa importancia porque hay un agujero en el porche, no muy lejos del tanque, que se emplea para las evacuaciones nocturnas. Este agua del tanque debe usarse con moderación: y aun así hay veces que se seca. Lo hizo el verano pasado. La colada se hace en el manantial que hay detrás de la casa de los Fields, medio kilómetro colina arriba.Así que la colada se hace muy de cuando en cuando.


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[Comida]

El almuerzo suele hacerse a mediodía; nunca a una hora en concreto. Los niños lo han recogido en la huerta, y Allie Mae lo ha cocinado y es posible que le haya enseñado algo de cocina a Lucile, un arte tan tradicional de madres a hijas y tan herméticamente cerrado a la innovación como solían serlo los dibujos de las alfombras persas. El fogón y la chapa del tejado contribuyen a elevar tanto la temperatura en la pequeña cocina, a la hora del almuerzo, que el sudor brota y te chorrea por el cuerpo entero nada más entrar por la puerta, y durante toda la comida tus antebrazos resbalan sobre el hule como si fuera una pista de hielo. Están los animales, en sus programadas posiciones y posturas, igual que si atendiesen a un baile; y están las moscas, una nube entera de moscas atontadas, retorciéndose y cebándose con lujuria en la comida, colgando de las bocas y de las pringosas mejillas de los niños, vibrando hasta la mujerte en la leche agria.
Las constantes para el mediodía son pan de maíz, guisantes y melaza. Los guisantes no son de esos verdes en los que probablemente está usted pensando y que aquí apenas se cultivan y reciben el nombre de guisantes ingleses; son guisantes pequeños, ovalados y de un color malva sucio. Son muy harinosos, como una versión amplificada de la lenteja que, por cierto, es la comida base del campesino francés. Se cuecen durante tres horas, en agua asaz "condimentada" con manteca. El pan de maíz se saca del molde, una hogaza de treinta centímetros, generalmente sin leche ni huevos; tan caliente que te quemas los dedos cuando lo partes para coger tu pedazo, apetitoso y tan pesado como cemente húmedo. El sorgo no falta tampoco: un sabor agrio, pesado, embriagador, negro. También hay, de costumbre, alguna otra verdura: patata cocida, quingombó frito, tomates estofados, maíz cocido, judías blancas, judías verdes: una casi siempre o, muy de cuando en cuando, dos.


[Trabajo]

Pocos arrendatarios se interesan de manera profunda o esperanzada por el algodón que cultivan: lo cultivan porque para eso es para lo que les arrendaron sus tierras y su casa. Lo mejor que puede aportarles es poco comparado con el trabajo que tienen que dedicarle. Lo que de verdad les importa es el maíz que cultivan y los guisantes, los productos de la huerta, y cuantas pequeñas parcelas de sorgo, boniatos, cacahuetes se les permita (o no) sembrar: porque para ellos no significan una dudosa cantidad en efectivo y un posible endeudamiento y la ganancia de otro en el que volcar su empeño, significan la vida misma. No ofreceremos ningún detalles sobre el trabajo y el proceso de cultivo de estas cosechas. Cultivar algodón es para lo que están ahí, es a lo que deben dedicar buena parte de su vida, es la razón de que estén vivos, en definitiva. Tampoco detallaremos ese trabajo de forma exhaustiva, ya que se puede encontrar bien y muchas veces cubierto en otros sitios. Pero el lector debe darse cuenta de que constituye el centro mismo de su existencia. Apoyan el peso de sus vidas en el extremos de una palanca que levanta la vida que llevan en el extremos opuesto: y el algodón y la dura tierra constituyen el crudo punto de inflexión.


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[Educación]

A pesar de lo mucho que se podría aventurar en contra, uno pensaría que es harto evidente que la consecución de todo lo bueno de lo que es capaz la existencia humana ha de manifestarse en una lucidez y fortaleza mental y afectiva, en la capacidad de conocerse a uno mismo y al mundo que le rodea, y también en la lucidez de los actos: y que solo podría alcanzarse a través de la educación o enseñanza autodidacta, empleando estos conceptos en sentidos mucho más amplios que los habituales. No nos corresponde a nosotros idear un sistema educativo que pudiese tener alguna relevancia para lo que contamos: solo deseamos resaltar algunos hechos. Uno es que el intelecto y las emociones son bastante irrelevantes para quienes llevan vidas como las de nuestras tres familias; así, la educación es igual de irrelevante para sus vidas. Otro es que la clase de educación a la que están expuestos puede hacerles más mal que bien. Otro es que están particularmente mal equipados para convertirse en autodidactas. Y aún hay otro muy obvio: las lacras de las circunstancias no afectan exclusivamente al arrendatario algodonero ni, tampoco, a una clase concreta como pueda ser la clase trabajadora: el boyante negocio en el que se han convertido los manicomios, tan sobrevalorados como para pasar por sanatorios, es una prueba de lo que puede ser superfluo para cualquiera que esté interesado en mirar a su alrededor, y dentro de sí mismo. Y aún hay otro igualmente obvio: si por educación entendemos no solo la enseñanza de nociones sino una profunda labor de despeje y limpieza mental, la capacitación auténtica de un ser humano para la existencia, entonces solo podemos decir que la educación es inexistente, y que lo que pasa por serlo no es más que un dispensario más o menos organizado de venenos que pueden o no hacer efecto.


[Ocio]

El domingo es el día de reposo. Los niños pueden jugar, y a veces un hombre se emborracha en silencio, pero es un día de reposo. La gente va a la iglesia, con menos regularidad de lo que se pueda pensar, y se hacen visitas, entre familiares principalmente. Se mata un pollo, en homenaje. Mientras las mujeres lo despluman y preparan el almuerzo, los hombres se sientan en el porche y charlan o fuman o mascan tabaco; las niñas pequeñas se retiran a una susurrada y misteriosa simiprivacidad; los niños arañan la tierra con palos o navajas. Mientras los hombres dan cuenta del almuerzo, las mujeres los atienden y esperan y espantan a las moscas. Mientras las mujeres y los niños dan cuenta del almuerzo, los hombres se sientan a charlar. Después se levantan y recorren en silencio los campos, o examinan una colmena de abejas, o se apoyan contra la cerca de la pocilga. Las mujeres se alejan paseando en parejas, o con un niño, y se internan en el bosque; y regresan en silencio para sentarse en el porche a charlar. Cuando regresan los hombres y ocupan las sillas, ellas pasan al interior y se sientan en la cama. No tiene ningún interés recoger la conversación. Es interminable, pausada, no le abochornan los silencios; trata sobre los vecinos, cosechas, animales, enfermedades, cocina, escándalos, caza, muerte, fortuna, desgracias, tipos de fertilizante, la gotera de un tejado, empleos gubernamentales, la posibilidad de encontrar un trabajo, maternidad, el tiempo, todo en función de sexo de quienes hablan y de la envergadura del espacio y el tiempo que han estado separados. Hay poco comunicación entre las mujeres y los hombres.


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