Cuaderno de lecturas

El pozo de Jas-Meiffren


Al lector y al creador los separa un alto muro, o una tapia si el lector tiene mucha potencia intuitiva y grandes dosis de empatía. O si el escritor usa esa rara tinta indeleble que hace temblar de emoción (tan pocas veces, ¡ay!) las palabras o estremecer la música, de común tan callada o en sordina, de la procesión rítmica de la sintaxis contemporánea.

Pero nunca se ven las caras, a pesar de que se sueñan y de compartir el mismo territorio, las mismas aguas túrbidas o claras, el mismo cielo. Es, justamente, lo que ocurría a Silvère y Miette, los dos jóvenes enamorados de La Jauría, la segunda novela de la extensísima serie que Émile Zola dedicó a la saga de los Rougon-Maquart y a la Francia del Segundo Imperio.

El joven revolucionario Silvère y la dulce, casi niña, Miette vivían en territorios vecinos, separados por una tapia: él, en lo que quedaba de la vieja casa y su antiguo cercado donde la tía Dide vivía la miseria y la enajenación en la que transcurrió la mayor parte de su vida; ella, niña recogida y con su padre en prisión, en la extensa finca de Jas- Meiffren, explotada y aterrorizada por los parientes que la acogían.

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En el episodio que les evoco, los dos jóvenes viven la época más intensa de su enamoramiento y, a la vez, de máxima dificultad para el encuentro. La feliz existencia de un pozo medianero, que repartía su brocal y su agua en dos semicírculos separados por el muro, proporcionaba a los enamorados la única posibilidad de «verse» y hablarse, al abrigo de la vigilancia que sobre Miette ejerce su cruel primo y a salvo Silvère de la intempestiva e imprevisible irrupción de la tía Dide.

El verdadero lugar de encuentro es el agua del pozo. La portentosa intuición narrativa y simbólica de Zola convierte las dos medias lunas del pozo en dos espejos que reflejan, al mismo tiempo, a quienes se asoman a uno y otro lado del brocal. En esta suerte de nueva y húmeda caverna platónica, tienen Miette y Silvère sus citas cotidianas, sus diarios encuentros amorosos. El juego de luz y sombras que proporcionan el tiempo y el sol, o los distintos juegos que se les ocurren con el agua-espejo, suplen, con ayuda de improvisadas transformaciones (muecas, deformidades como las producidas por los espejos cóncavos...) la falta de contacto real, las proporciones nítidas que el aire y la luz solar dan a la figura humana.

La literatura tiene más de agua que de aire, la relación que establece entre autor y lector se parece más a los encuentros sumergidos en un reflejo de Silvère y Miette que a los abrazos, ya totalmente reales, de que disfrutaron ellos mismos más tarde, en sus correrías por las afueras de Plassans. La misteriosa y alquímica relación entre el escritor y sus lectores tiene lugar en un pozo parecido. Como en el muro medianero del Jas-Meiffren, comparten intimidad y claustrofobia, amor y esa alarmante falta de realidad que nos hace volver una y otra vez al libro, a la cita amorosa, con la vana esperanza de que alguna vez el muro desaparezca. Y podamos mirar cara a cara a la Esfinge.

Es el embrujo y presentimiento con que la creación literaria construye su realidad sobre la superficie del agua lo que convierte al lector en el miembro más puro e inocente de la extraña pareja de enamorados. Siempre se está cayendo del guindo.

Una variante perversa y degenerada de lector es la del crítico, criatura del aire que olvida la cita en las aguas soterrañas del primer amor. Primero tomó el brazo, no sólo la mano, que tendieron semiólogos de la cultura como Roland Barthes al otorgar carta de autonomía y autenticidad a su escritura -carroñera, por decirlo de un modo enfático- en los márgenes de la creación. Después, como es natural, desde la fantasmagórica naturaleza de sus dicterios, tan a duras penas obtenida, fue el principal responsable de la pérdida de inocencia del autor. Éste, que acabó creyéndose gran parte de sus presuposiciones sobre su propia maestría y profundidades abisales, abandonó, en un viaje sin vuelta, las frías, túrbidas e inquietantes aguas del Jas-Meiffren, el único enclave simbólico capaz de proporcionarle una vía de acceso al inocente y enamorado lector.

De modo que si ése es su caso, querido lector, le emplazo aquí, en citas sucesivas en esta página -que hace las veces de pozo medianero- para caernos juntos del guindo a las frías y misteriosas aguas del Jass-Meiffren, en esta extraña inmersión entre la conciencia y el sueño, a resguardo de la engañosa claridad del aire y la luz, que debería ser siempre la lectura.